miércoles, 25 de enero de 2012

¿La emergencia de un nuevo machismo-leninismo?



Comenzamos el 2012 con un nuevo artículo acerca de la liberación de género desde percepciones marxistas-leninistas. El texto "¿La emergencia de un nuevo machismo-leninismo?" de Patricia García, trata sobre el modo en que algunos/as marxistas afrontan la cuestión feminista de forma errónea al considerarla burguesa o, como hacen de forma análoga con la cuestión nacional, secundaria o terciaria. Desde Pueblo Trabajador Andaluz compartimos la visión de la autora sobre esta temática en particular, ya que la liberación de la mujer es fundamental para la construcción de una nueva sociedad que deje atrás las formas de opresión patriarcales, imperialistas y de cualquier otro género.

Además, añadimos a nuestra videoteca el documental "Thomas Sankara, la Revolución Asesinada", producido por la cooperativa audiovisual internacional AlterMedia. La obra nos introduce en el pensamiento revolucionario del "che africano", Thomas Isidore Noël Sankara. Sankara fue uno de los fundadores de la Unión de Oficiales Comunistas del, entonces, Alto Volta. Máxima figura del Consejo Nacional Revolucionario que toma el poder en 4 de agosto de 1983, arrebatándoselo a los lacayos del imperialismo francés, desarrolla un discurso político claramente antiimperialista e instaura los Comités de Defensa de la Revolución, inspirados en la Revolución Cubana. Como también influirá en el lema de los revolucionarios burkineses: "La patrie ou la mort. Nous vaincrons (Patria o muerte, venceremos)"



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¿La emergencia de un nuevo machismo-leninismo?

A los compañeros que sí luchan por la emancipación de las mujeres, dentro y fuera de casa.

“Los seguidores del materialismo histórico aceptan plenamente las particularidades naturales de cada sexo y demandan sólo que cada persona, sea hombre o mujer, tenga una oportunidad real para su más completa y libre autodeterminación” (Alejandra Kollontai, Los fundamentos sociales de la cuestión femenina, 1907)

En los últimos años, se advierte una nueva tendencia entre algunos/as compañeros/as de la izquierda anticapitalista. Esta tendencia podría denominarse el “nuevo machismo-leninismo” pues constituye una reacción regresiva frente los avances y mejoras en la posición de las mujeres en la sociedad. El machismo dentro de las organizaciones anticapitalistas no es en absoluto nuevo. Recuérdense, por ejemplo, las polémicas de Lenin con Clara Zetkin o con Alejandra Kollontai. [1] El nuevo machismo dentro de la izquierda radical es la reacción de algunos/as militantes revolucionarios/as ante los cambios que se están dando en las relaciones de género, en la estructura familiar y, particularmente, ante la institucionalización de cierto feminismo liberal. Se trata de una actitud ideológica que proviene directamente del estómago: de la pérdida efectiva de privilegios masculinos y de las nuevas exigencias que plantean sus compañeras de partido o de vida.

El machismo-leninismo se caracteriza por aceptar el feminismo en abstracto, acepta las secretarías de mujer ocupadas por mujeres y tolera a sus compañeras feministas como mal menor. Ahora bien, estos/as militantes no se comprometen demasiado en las actividades relacionadas con la cuestión del género. Eso debe ser cosa exclusiva de mujeres. Del mismo modo, y a pesar de su exquisita formación marxista, estos/as militantes no se molestarán jamás en leer ni una sola página de la literatura feminista marxista (Alexandra Kollontai, Heidi Hartmann, Maria Rossa dalla Costa, Sheila Rowbotham, Giulia Adinolfi, Batya Weinbaum, Angela Davis y un largo etc.). El nuevo machismo-leninismo se basa en fuentes de información variopintas: desde el Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado (Engels), La mujer y el socialismo (Bebel), hasta los artículos misóginos de prensa reaccionaria tipo LibertadDigital. El machismo-leninismo no es políticamente correcto, no se manifiesta mediante escritos públicos: la cuestión de la igualdad de género no les merece el esfuerzo; de ahí que sea un corpus de creencias sobre todo oral y práctico.

Frente al machismo-leninismo, hemos de reivindicar la confluencia positiva entre feminismo y marxismo, entre feminismo y anticapitalismo. Nuestra propia tradición histórica nos ofrece referencias positivas de lucha por emancipación de género y de clase. Sin ir más lejos, Marx y Engels –con sus limitaciones- fueron pioneros en la denuncia de la subordinación de las mujeres articulada por el capitalismo.

A continuación, repasaremos críticamente el argumentario del nuevo machismo-leninismo. Vaya por delante que no es nuestra intención calificar a todos los/as militantes revolucionarios/as de machistas. En absoluto: nuestra propia experiencia nos ha demostrado la posibilidad de confluir y compartir complicidades con la mayoría de compañeros/as. Por tanto, estamos convencidas, en contra de cierto sector del feminismo post-68, de que la presencia de feministas en organizaciones mixtas es tan factible como necesaria. Es precisamente la lacra del machismo la que dificulta esta unión. Pasemos ahora a la crítica de sus argumentos…

Argumento nº 1: “Las mujeres ya han conseguido la igualdad formal y real, el patriarcado ha tocado fin”.

De entre las razones del nuevo machismo de izquierdas, quizás la más débil sea la idea de que “las mujeres ya han conseguido la igualdad porque el modelo de mujer-esposa-ama de casa es cada vez más residual”. El nuevo machismo acepta discursivamente la emancipación de la mujer, su salida del espacio privado, aunque tiene problemas a la hora de asumir sus consecuencias. Son muchos los datos que ponen en cuestión el argumento de que las mujeres ya hayamos alcanzado la igualdad. Aquí van algunos:

· La brecha salarial entre hombres y mujeres supera el 21% en 2010 (variando según los parámetros de tipo de contrato, tipo de jornada, actividad productiva, etc.) [2] .

· En los últimos 10 años, el desempleo femenino no ha descendido del 11%, frente al mínimo de 6,06% de los varones (Datos de la Encuesta de Población Activa).

· La tasa de actividad femenina era del 52,6% en 2010, del 67,7% entre los varones (datos que esconden obviamente el trabajo doméstico).

· El 8,2% de los hogares cuya cabeza de familia es una mujer sufren la pobreza, frente al 1,7% de los hogares encabezados por un varón (datos de 2001).

· El 95,6% de las personas inactivas que no buscan empleo por razones familiares son mujeres (2010, EPA).

· El 95,9% de las excedencias por cuidado de hijos/as corresponde a las madres (Tesorería General de la Seguridad Social, 2009).

· El 82,4% de las excedencias por cuidado de personas dependientes son de mujeres (Tesorería General de la Seguridad Social, 2007).

· El 88,4% de personas que sufren violencia doméstica son mujeres (datos de 2005, Instituto de la Mujer)

· En el año 2010, murieron 73 mujeres a manos de sus parejas o exparejas, frente a 7 hombres asesinados (Datos del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género).

Los datos son suficientemente contundentes y echan por tierra la afirmación de que las mujeres hayamos alcanzado la igualdad real con respecto a los varones; menos aún las mujeres de las clases populares. Por lo tanto, hoy es más necesario que nunca que el movimiento obrero se plantee la incorporación de las mujeres trabajadoras y sus luchas específicas.

Argumento nº 2: “El feminismo divide a la clase obrera. Es una ideología burguesa”.

En cuanto a este segundo argumento del machismo-leninismo, hay dos cuestiones importantes que precisar. Como todos/as sabemos, el origen del movimiento feminista es el sufragismo y la vindicación de los derechos civiles de las mujeres (Mary Wollstonecraft). El origen del feminismo, efectivamente, es burgués. Lo mismo podría argumentarse del socialismo temprano (Saint Simon, Fourieur, Proudhon… también de extracto social burgués o pequeño-burgués).

Sin embargo, la extracción social de los precursores de un movimiento no determina inexorablemente su carácter de clase en el futuro. Vale para el socialismo y vale para el feminismo. Así, al igual que existe un socialismo obrero en el XIX, también existe un feminismo popular en esta época, tradicionalmente silenciado. Un ejemplo claro es el de Flora Tristán (1803-1844) que reivindicó los derechos de las mujeres trabajadoras. Podemos hablar de un feminismo popular y socialista desde bien temprano, si bien nos queda mucho trabajo que realizar desde la historiografía para sacar a la luz la participación específica de las mujeres en la configuración del movimiento obrero. Al silenciar y desconocer el feminismo popular y obrero, le acabamos haciendo el juego al las corrientes liberales que tanto decimos denostar.

Partiendo de la identificación de feminismo con liberalismo y burguesía, el militante machista-leninista considera que las luchas de las mujeres (en tanto que género) dividen a la clase obrera. Los datos que expuse más arriba evidencian una realidad contundente: la clase obrera ya está dividida, es el capitalismo el que divide, el que potencia y reproduce la desigualdad entre géneros de acuerdo con sus intereses. Por lo tanto, el objetivo del movimiento obrero debería ser (a) superar sus propios prejuicios machistas, muy útiles a la división de la clase obrera y, por tanto, a la explotación capitalista y (b) ser capaces de articular nuestras luchas emancipatorias, en tanto que las mujeres conformamos la mitad de los trabajadores/as.

En suma, la tarea del movimiento obrero debería ser articular luchas y deshacer las divisiones y fracturas que el capitalismo abre entre nosotros/as. No son las mujeres trabajadoras, con sus reivindicaciones, las que crean las fracturas, sino que las afrontamos y articulamos en una dinámica de unidad. Por tanto, es un error –táctico y estratégico- plantear que el feminismo es esencialmente burgués y que las luchas específicas de las mujeres dividen a la clase trabajadora. Es el capitalismo el que divide y el que saca partido de esta fragmentación.

Argumento nº 3: “Las luchas específicas de las mujeres excluyen a los hombres”

Esta afirmación se deriva, de nuevo, de una visión reduccionista del feminismo. Hay sectores del feminismo (la corriente radical o de la diferencia) que reivindican en positivo los valores de la feminidad y plantean su lucha como una lucha contra lo masculino (independientemente de su clase, etnia, nación, etc.). Pero esa es sólo una de las fracciones del feminismo, no su totalidad. La corriente socialista en ningún caso plantea una estrategia contra los hombres. Así, nuestro objetivo es alcanzar la igualdad real entre sexos, acabar con las desigualdades y opresiones que se derivan de una sociedad patriarcal y de la estructura de géneros. Como dice Kollontai, conseguir la autodeterminación real de todos/as.

Por lo tanto, de entrada, los hombres no sólo no están excluidos, sino que son parte de nuestra estrategia de transformación. De hecho, también ellos serán beneficiarios del fin de la sociedad patriarcal. ¿O acaso el corsé del género no les oprime? ¿Acaso los hombres no tienen derecho a desarrollarse en esferas como la paternidad, la emotividad o los cuidados? Para las feministas socialistas, esta lucha es compartida; aunque la iniciativa recae en las mujeres, que son las que sufren la opresión de un modo más contundente dada la desigual distribución de cargas en la reproducción de la vida. Del mismo modo, en la lucha de los trabajadores/as inmigrantes están implicados todos los trabajadores/as, pero no se les puede negar a ellos/as la iniciativa porque son los/as que mejor conocen su situación. Así, los espacios limitados a mujeres tienen sentido por la necesidad de plantear estrategias desde la propia experiencia, pero, sin duda, necesitamos la complicidad del resto de los/as trabajadores/as.

Corresponde a los compañeros hombres reclamar su parte activa en esta lucha y esto sólo ocurrirá cuando alcancen un grado de conciencia y compromiso suficiente contra el patriarcado. Mientras esto ocurre, los machistas-leninistas se limitan a auto-excluirse y a “dejar las cosas de mujeres para las mujeres”. Los buenos marxistas se suman a nuestra causa porque entienden que la emancipación con respecto al sistema sexo-género beneficia a la clase social en su conjunto.

Argumento nº 4: “En nuestras organizaciones no se discrimina a las mujeres. Nosotros no reproducimos dinámicas patriarcales”.

Creer en la pureza y neutralidad de la propia organización es una muestra de idealismo. Nuestras organizaciones mixtas, como todas las instituciones de la sociedad, están atravesadas por la lucha de clases y también por patrones de relación patriarcales. Mujeres y hombres llegamos a nuestras organizaciones con un bagaje de socialización, basado en la interiorización de valores y relaciones de poder que actúan a un nivel muy inconsciente. No es común que nuestros compañeros nos traten como meros objetos sexuales o nos defenestren como subordinadas (aunque algunos sí que lo hacen). Sin embargo, las estructuras de nuestra organización pueden reproducir desigualdades de género preexistentes si no hacemos nada para evitarlo. En este caso, el no hacer importa y mucho.

Ser conscientes de esta realidad es tomar medidas para cambiarla. Por eso, la acción positiva, las políticas de cuotas, la potenciación de la participación de mujeres o los actos, campañas y formación en temáticas de lucha contra el patriarcado son fundamentales. Comparto con muchos compañeros/as la insatisfacción con el sistema de cuotas y de listas cremallera. Pero esto no puede conducir a que no hagamos nada, al laissez-faire. Los sistemas meritocráticos, supuestamente neutrales, ciegos ante la clase o el género, no hacen sino reproducir la desigualdad preexistente. ¿Desde cuándo somos partidarios del laissez-faire? ¿Confiamos en la mano invisible o en el mercado para diluir las desigualdades? Después de dos siglos de capitalismo, este hecho aún hecho aún no se ha producido.

No hacer nada respecto a un problema, no significa afrontarlo, sino dejarlo estar. Por eso, la lucha contra el patriarcado no puede quedar en el discurso y ha de empapar también nuestras prácticas. A falta de instrumentos más perfectos contra las divisiones de clase y género (incluso dentro de nuestras propias organizaciones) necesitamos hacer uso de las pocas herramientas de las que disponemos: acción positiva, cuotas, apertura de espacios sectoriales de lucha contra el patriarcado o la promoción de la participación de las mujeres. Los instrumentos de acción positiva interna cuentan con algunas ventajas:

Ayudan a dignificar el trabajo de las compañeras, Crean referentes femeninos, Desmienten tópicos como que “las cuotas elevan a los cargos a personas menos cualificadas”, Mejoran y hacen más eficientes los procesos de elección y/o selección de cargos y responsabilidades, Las propias mujeres aumentan su confianza y formación de cara al desempeño de funciones.

Debemos ir del discurso a las prácticas. Las organizaciones, en definitiva, deben hacerse cargo de una lacra histórica que tiene efectos de manera formal e inconsciente también en los espacios de lucha.

Argumento nº 5: “Los hombres estamos perseguidos, se ha anulado nuestra presunción de inocencia. Los hombres sufren la violencia de género tanto como las mujeres”.

A menudo, las conversaciones sobre las relaciones entre feminismo y marxismo conducen a temas de actualidad como la violencia de género, el divorcio, la tutela paterna o el aborto. El machista-leninista suele poner sobre la mesa una serie de argumentos y datos que parecen provenir de Intereconomía o de Libertad Digital. Estos datos demuestran –supuestamente- cómo la tendencia histórica se ha invertido por culpa del feminismo institucional: ahora los hombres son oprimidos por las mujeres. Ahora ellos son las víctimas del matriarcado. En esta línea, no es extraño escuchar cosas como “es que ahora los hombres estamos perseguidos”, “no se respeta nuestra presunción de inocencia”; o “los hombres sufrimos más violencia de género”.

La legislación impuesta recientemente por el gobierno ZP (LO 1/2004 de Medidas de Protección Integral Contra la Violencia de Género) ha abierto el debate sobre la vulneración de la presunción de inocencia y las denuncias falsas en casos de violencia machista. No hay más que buscar en Google para encontrar centenares de entradas sobre el asunto de las denuncias falsas que, supuestamente, interponemos las mujeres. Y es posible que haya casos individuales; sin embargo, los datos demuestran que el número de denuncias falsas por violencia de género no es superior a lo que se da en otros delitos. Así, en 2010, se calcula que sólo un 0,01% de las denuncias por violencia de género fueron falsas (datos del Ministerio Fiscal, 2010). Por tanto, no merece la pena darle más bombo al debate. El número de denuncias falsas es ínfimo.

Además, se suele argumentar que los procesos por violencia de género conllevan una inversión de la carga de la prueba hacia el maltratador [3] y que vulneran la presunción de inocencia. Estas acusaciones no son justas a la vista de la propia Ley Integral de Violencia de Género [4] . Si leemos la ley –cosa que no se suele hacer-, se observa que los medios de prueba en el procedimiento judicial son los mismos que en cualquier otro proceso vía penal. Las únicas especifidades son las medidas judiciales de protección y de seguridad de la víctima (alejamiento, suspensión de la tutela paterna, etc.) y el endurecimiento de las penas por agresión. Concretamente: se activa un procedimiento judicial rápido y el juez de guardia adopta medidas cautelares por el riesgo que asume la víctima de malos tratos. Estas medidas cautelares, previas al juicio, se justifican ante la posibilidad de un repunte en la situación de violencia. Basta con recordar el caso de Ana Orantes [5] que fue quemada viva por su marido después de denunciar ante los jueces y en los medios de comunicación. De ahí la necesidad de adoptar medidas cautelares eficaces. Se pueden producir excesos, como en cualquier proceso penal, pero no se puede concluir que haya una vulneración de la presunción de inocencia o que exista ningún tipo de persecución.

Otro tema interesante sería evaluar en qué medida una ley como ésta contribuye a acabar con la violencia de género. La ley ataja una situación desesperada y crítica: el feminicidio y la vejación machista en las relaciones de pareja. Sin embargo, desde el feminismo socialista entendemos que es insuficiente, que hay que ir a las causas. Mientras las mujeres se encuentren en una situación de vulnerabilidad, desigualdad y dependencia, la violencia que padecemos será un hecho cotidiano. Es lo que Zizek llama la violencia subjetiva y la violencia objetiva. La primera es aquella que supera el nivel de normalidad, el nivel 0 de violencia: por ejemplo, el asesinato de una mujer de un modo sádico a manos de su expareja. La violencia objetiva es la que perpetra el sistema cotidianamente: es la sobreexplotación, la doble jornada, la reducción a mero objeto sexual, la dominación psicológica, etc. Mientras no atajemos esta violencia objetiva o estructural que padecen las mujeres en el día a día, los malos tratos seguirán siendo sólo la punta del iceberg; los malos tratos son la consecuencia de una dominación previa prolongada y acumulativa.

En este ámbito, es urgente que desde el feminismo socialista realicemos una dura crítica al feminismo institucional. El número anual de asesinadas a manos de sus maridos no es más que el síntoma de una opresión mucho más silenciosa y profunda; un sistema de dominación íntimamente ligado al modo de producción y reproducción. Sin embargo, la insuficiencia del feminismo institucional (más aún en el contexto de la globalización capitalista que minimiza la capacidad de intervención estatal, por ejemplo, en medidas conciliatorias o laborales) no conlleva que las reformas positivas deban ser rechazadas. La Ley de Violencia de Género es insuficiente pero no mala per se. Del mismo modo, en el terreno laboral abogamos por las 35 horas aunque nos parezcan insuficientes para acabar con la explotación. Los marxistas debemos aplicar esa misma dialéctica de la reforma y la revolución, del programa de mínimos y máximos, a la hora de enfrentar la cuestión de la lucha contra el patriarcado.

A modo de conclusión: por una aproximación marxista al sistema sexo-género

Desde luego, las relaciones entre marxismo y feminismo, tanto en la teoría como en la práctica, han sido relaciones a menudo conflictivas; ya decía Heidi Hartmann que se trataba de un matrimonio infeliz. El marxismo es una metodología para entender y transformar la sociedad capitalista. Por tanto, abordar la cuestión del patriarcado y de las relaciones de sexo-género es una necesidad inexcusable para cualquier política emancipatoria.

Cuando emergió el capitalismo industrial, éste se encontró con un sistema de sexo-género que subordinaba a las mujeres como mera propiedad del padre de familia. Esta estructura de relaciones preexistente entró en fricción con el capitalismo, fue modelada por él y completamente subsumida, en la actualidad, por la lógica del capital. Éste se ha valido de la dominación de género para sobreexplotar, dividir, reproducirse y fomentar el control ideológico. El patriarcado, o el sistema de dominación del sexo/género masculino sobre el femenino, es una estructura de relaciones materiales, económicas e ideológicas; relaciones que siguen vigentes -por más que sometidas a crítica- en los países imperialistas. A los datos nos remitimos.

Lo que llamábamos el nuevo machismo-leninismo es una actitud reaccionaria e idealista que niega esta realidad. Con la excusa de que el feminismo es una ideología burguesa, ignora el sistema de dominación de género que ha articulado –y sigue articulando- el capitalismo. Ignora los procesos más fundamentales de producción y reproducción de la vida y su encaje en la lógica del capital. Ignora y obstaculiza la emancipación de las mujeres trabajadoras. Sólo si nos tomamos en serio la articulación de clase y género, podremos dar una salida sensata y emancipadora a la otra mitad de los/as trabajadores/as. No permitamos que, también esta vez, el capitalismo nos divida.

Notas

[1] En 1920, Clara Zetkin se entrevistó con Lenin. Zetkin le informó sobre las actividades de organización de las prostitutas y de formación en educación sexual y matrimonial con las obreras alemanas. Ni corto ni perezoso, en dicha entrevista, Lenin calificó de “desviación morbosa” el trabajo con prostitutas y menospreció el trabajo de educación sexual y familiar con las obreras. Estas actividades, en su opinión, eran ociosas y una pérdida de tiempo. Ver en: WEINBAUM, B.: El curioso noviazgo entre feminismo y socialismo, S. XXI, Madrid, 1984.

[2] Encuesta de Estructura Salarial, junio de 2010, Instituto Nacional de Estadística.

[3] Y decimos “maltratador”, en masculino, porque la inmensa mayoría de agresores en el ámbito intrafamiliar o con la pareja o expareja son hombres. Aunque las estimaciones aún son muy controvertidas (véase, por ejemplo: Raquel Osborne, “De la violencia de género a las cifras de la violencia: una cuestión política”) es evidente que las mujeres padecen mayoritariamente el maltrato de la pareja o expareja: de ahí que 73 mujeres hayan sido asesinadas a manos de su pareja o expareja (2010), frente a 7 hombres (6 a manos de su pareja o expareja mujer, 1 a manos de su pareja-hombre).

[4] http://www.boe.es/boe/dias/2004/12/29/pdfs/A42166-42197.pdf

[5] http://www.elpais.com/articulo/andalucia/Ana/Orantes/elpepuespand/20071216elpand_2/Tes



martes, 13 de diciembre de 2011

La ética revolucionaria de Blas Infante







El Pueblo Trabajador Andaluz ha sido víctima doblemente del regionalismo pequeñoburgués, con sus limitaciones políticas, y del nacionalismo español, en sus múltiples expresiones políticas. Ambos han deformado y reconstruído la historía de Andalucía y de sus mejores luchadores/as a conveniencia de los intereses del aristocrático-burgués estado español y de sus valedores internacionales. Uno de estos luchadores ha sido Blas Infante. 
 
Por ello traemos a colación un trabajo publicado recientemente en el número 55 de la revista Independencia titulado "La ética revolucionaria de Blas Infante" de Carlos Ríos. Un texto que sitúa a Blas Infante, su vivencia revolucionaria, la complejidad de su pensamiento, en una perspectiva doble: en el contexto revolucionario internacional de su época y en la línea de luchadores antiimperialistas que ha dado el siglo XX. Reflexión imprescindible para conocer un fragmento esencial de la lucha por la liberación de Andalucía y su pueblo trabajador.

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LA ÉTICA REVOLUCIONARIA EN BLAS INFANTE

Sirvan estas páginas para destacar una de las facetas que más llaman la atención del pensamiento de Blas Infante: la dimensión ética y moral que para él ha de tener la nueva sociedad. Este aspecto, central en las concepciones políticas del protosocialismo infantista, es desarrollado por Blas Infante de forma amplia. Especialmente en su obra “La dictadura pedagógica”, aunque es una constante que atraviesa todo el pensamiento infantiano. Una constante de marcado carácter rupturista, que entronca de forma directa con las reflexiones que desde el marxismo realizó Ernesto “Che” Guevara sobre la ética de la Revolución y el revolucionario.

ASPIRANTES A SER COMUNISTAS...

En ocasiones, Blas Infante ha sido considerado injustamente como un  político burgués por parte de la izquierda españolista y cegata. Su programa político tiene como eje central de reflexión la consideración de Andalucía como un sujeto colectivo con un devenir histórico propio y determinado. El análisis de una realidad concreta y unas circunstancias concretas. Lo expresa en una entrevista en el año 1919: 

“Nosotros venimos a vaciar nuestras ideas y sentimientos en los moldes del dolor de nuestra Andalucía hambrienta y vilipendiada, esclava de caciques y prostituta de toreros. Y de esos moldes salieron construidos nuestra doctrina, nuestra organización y nuestro programa. “

Aplíquesele al notario de Casares el beneficio de la duda al menos y adentrémonos en su pensamiento político muy alejado del que nos ha querido vender el sistema.

El Blas Infante burgués, tan querido y propagado por el régimen actual, es falso. Aquellos que lo falsearon, fueron en primera instancia el andalucismo regionalista predominante en los años 80, que pretendían acomodar la obra del andaluz de Casares a su proyecto institucional, regionalista y social-liberal. Moldearon y recortaron el pensamiento infantista. Como en el mito griego del lecho de Procusto, alargaron aquello que les interesaba y mutilaron lo que “sobraba”, lo que no les interesaba. Ante esta situación el nacionalismo español las tenía todas consigo para arrinconar a Blas Infante en un párrafo final de los libros de historia de los escolares andaluces.

 El proyecto infantista fue esencialmente transformador, revolucionario. Si tuviera que juzgar el carácter de su obra y su programa, me acogería gustoso a la reflexión de Ernesto Guevara cuando analiza la ideología de la Revolución cubana:

“la Revolución puede hacerse si se interpreta correctamente la realidad histórica y se utilizan correctamente las fuerzas que interviene en ella, aún sin conocer la teoría “.

El andalucismo de Infante es revolucionario y popular. Por mucho que desde el poder y las instituciones se pretenda mostrar al Padre de la Patria Andaluza como un elemento descafeinado y burgués, Infante se identifica inequívocamente con la aspiración a una sociedad nueva, una sociedad comunista. En sus trabajos distingue, profundizando el significado de llamarse comunista, entre dos tipos de comunistas:

“hay dos clases de comunistas, la de aquellos que aspiran, mediante el esfuerzo propio a engrandecer su vida para darla toda a la comunidad; y la de aquellos  que esperan en que una colectividad, formalmente comunista, venga  a satisfacer las exigencias de su propia vida individual... ...Comunistas que aspiran a dar y comunistas que aspiran a recibir.”

Introduce aquí una diferencia entre el sujeto partidario de un nuevo modelo de organización social por las necesidades materiales más inmediatas y evidentes y los elementos de vanguardia. Los militantes que de forma premeditada, consciente y planificada sostienen una actividad política durante décadas para preparar al momento revolucionario por una parte y por otra al pueblo que hace las revoluciones y tumba tiranos que ha soportado durante años. Infante se sitúa entre los comunistas que aspiran a recibir siguiendo sus propias palabras:

“Somos o aspiramos a ser comunistas de la primera especie. Y decimos, aspiramos a ser, porque nuestra modestia se resiste a conferirnos con este nombre de comunistas, expresión cuyo concepto verdadero es la esencia de una pura y excelsa santidad”

La expresión vislumbra la consideración del proyecto revolucionario que tiene Infante, que se adelanta a su tiempo dándole el peso que requiere a los aspectos éticos de la acción transformadora. El ser comunista implica para él una entrega a lo colectivo que califica de santidad. Por ello se  atribuye el título de aspirante a comunista de esta especie. Ernesto “Che” Guevara hablándole a la juventud cubana cuatro décadas después, también elige curiosamente la misma denominación para sí mismo:

“Acordarse, como debemos acordarnos nosotros, aspirantes a comunistas aquí en Cuba, que es un ejemplo real y palpable para toda nuestra América, y más aún que para nuestra América, para otros países del mundo que luchan también en otros continentes por su libertad, contra el colonialismo, contra el neocolonialismo.”

En los inicios de los años 20 no oculta Infante sus críticas con los primeros pasos vacilantes de la Revolución de Octubre, que es acechada por los gobiernos burgueses del planeta como el primer gobierno de “los desheredados”. Ve la misma con recelo, ante la lentitud de las transformaciones que el país de los soviets pone en marcha. Manifiesta su desacuerdo con las primeras medidas de 1918 que considera insuficientes, especialmente las referidas al mantenimiento inicial de la estructura de la propiedad:

“La Dictadura del Proletariado por conservarse, en vez de operar la socialización fundamental; esto es, la de las tierras, individualiza de hecho, formas colectivas de la propiedad como la zadruga y el mir... ... porque las tierras de aquellas instituciones, así como grandes propiedades nacionalizadas, fueron repartidas en porciones entre soldados y campesinos. “

La postura, más allá del extenso debate acerca de los rumbos primigenios de la sociedad soviética y las circunstancias internas e internacionales que los condicionaron, sitúa a nuestro personaje en una postura abiertamente partidaria de la colectivización inmediata. Porque para el Blas Infante que existió realmente la necesidad de revolucionar la estructura de la propiedad de la tierra es constante e imprescindible. La tierra para el Pueblo Trabajador Andaluz en un sentido económico, pero también profundamente político. En fechas aún iniciales de su actividad política, aproximadamente en 1915, escribe:

“Del solar andaluz ha de manar, principalmente, la vida de Andalucía, que fue grande cuando su solar fue espléndido y hermoso. Y para que vuelva a serlo hay que arrancarlo al actual régimen tiránico de propiedad; tomarlo de los señores que, en horrible experiencia de lustros de siglos, han demostrado convierte su acción en eriales y desiertos, los pobres campos que hoy sienten la nostalgia de sus galas de jardines, y nacionalizarlo o regionalizarlo; es decir, entregarlo al pueblo, para que, del mismo modo que en felices edades pasadas, lo ame y fecunde. “ 

La interpretación de la realidad histórica andaluza hecha por Infante lo lleva no solo a criticar las medidas de Lenin sino que apela a la acción política entre sus coetáneos. De forma coherente llama  a la ejecución de lo que considera “el paso primero” previo a cualquier otra medida política a tomar en Andalucía. La conferencia que pronuncia en 1916 en el Centro Obrero Socialista, en la calle Cruz Verde de Sevilla, es reveladora de ese orden de prioridades. Sitúa el pensamiento de Infante en una radicalidad superior a la izquierda reconocida de entonces y hace palidecer el Infante que desde las instituciones, especialmente desde la Junta, se proyecta a l@s trabajadores/as andaluces/zas:

“Vosotros que aspiráis al comunismo integral, a socializarlo todo, ¿por qué no empezáis a socializar la tierra? ¿Es que la socialización de la tierra os iba a impedir alcanzar la socialización absoluta? ¿No es verdad que al socializar la tierra habríais conseguido la parte principal de vuestro programa? ¿Es que al tomar parte en esa cruzada de la socialización del suelo exige siquiera la abdicación de vuestros ideales absolutos?
Qué creéis, ¿Qué todo debe socializarse, pues qué perdéis por alcanzar la socialización principal, la de la tierra? Si conseguida no os satisface podréis seguir trabajando por socializarlo todo. Pues que, el creer que una cosa debe realizarse por entero es obstáculo para empezar su realización parte.”

La Reforma Agraria es una necesidad imperiosa en un país fundamentalmente agrario y sumergido en el subdesarrollo como Andalucía. Esta necesidad guía sus críticas vehementes. Una muestra del fondo profundamente transformador del proyecto político infantista. Proyecto revolucionario en la teoría y sobre todo en la práctica. La necesidad de revolucionar la estructura de la propiedad en Andalucía le hace acercarse al georgismo y, tal como se introduce en este movimiento, ser expulsado por las concepciones excesivamente radicalizadas de Infante. No cabe duda que esta es una de las razones de la animadversión que la burguesía andaluza, asentada en el latifundio como forma de dominación del Pueblo Trabajador Andaluz y hacia esta tierra, manifestó hacia Infante.

EL PROBLEMA DE LOS DIRIGENTES

Infante plantea su concepto de Dictadura Pedagógica como una digresión al concepto leninista de dictadura del proletariado. Con esta conceptualización pretende incidir en la necesaria capacitación no solo técnica o política, sino ante todo ética, moral, de los dirigentes. Para Infante lo fundamental es generar una dirigencia capaz de asumir moralmente la dirección social de la empresa revolucionaria. Y paralelamente la principal acción de los destacamentos organizados del proletariado ha de ser de preparación ética y moral:

“El ejército del proletariado debe ordenarse como instrumento para la creación del alma comunista; o lo que es lo mismo, del poder capacitado para llevar a cabo esta misión.”

Blas Infante conoce a Marx principalmente a través de fuentes indirectas, pero sus concepciones sobre la necesidad de una Dictadura Pedagógica que sea capaz de generar cuadros dirigentes para la sociedad comunista vienen a coincidir en el tiempo con las reflexiones que realiza el propio Vladimir Ilich Lenin a propósito de las perspectivas que se le abren al primer gobierno proletario de la humanidad. Aproximadamente en las mismas fechas en que Infante escribe los artículos que darán lugar a su obra La dictadura Pedagógica, Lenin en su artículo de 1923 titulado “Sobre la cooperación”, reflexiona sobre el peligro de burocratización y anuncia la necesidad de que el socialismo llegue al medio rural soviético a través de las cooperativas de campesinos, en semejanza al concepto de “control obrero” que desarrolla en las ciudades. Partiendo de presupuestos distintos Lenin llega a una conclusión sobre la posibilidad de implantar este modelo:

“Propiamente hablando sólo nos queda una cosa: elevar a nuestra población a tal grado de “civilización”, que comprenda las ventajas de la participación de todos en las cooperativas, y que organice esta participación, “solo” eso. No necesitamos ahora ninguna otra clase de sabiduría para pasar al socialismo. Mas para realizar ese “solo”, es necesaria toda una revolución, toda una etapa de desarrollo cultural de la masa del pueblo”.

Hay un paralelismo entre la revolución cultural que Lenin se plantea para el medio rural ruso y el concepto que formula Blas Infante de “Dictadura Pedagógica”, si bien en Infante pesan de forma especial las influencias libertarias que recibiría a través de amistades como el doctor Pedro Vallina y del anarcosindicalismo muy presente en el ambiente obrero andaluz de principios de siglo. Blas Infante lo plantea así:

“Este es el problema: porque repetimos nuestro dogma. Todas las creaciones orgánico-sociales que vinieran a establecer cualquier Revolución, encaminada hacia el fin de instaurar el comunismo social, serían completamente inútiles, en el estado de conciencia social que alcanzan actualmente los individuos humanos. El grado actual de desarrollo de los instintos vendría a reflejarse enseguida en la organización social, pese a todas las combinaciones y previsiones orgánicorevolucionarias; y en definitiva, una misma esencia; un mismo alma; y a la postre una semejante estructura orgánica, vendría a tener la Sociedad que así se construyera”.

Blas Infante se plantea el problema de la conciencia del revolucionario y de los dirigentes de la Revolución. Su inquietud está justificada por su posición con respecto al concepto de dictadura del proletariado. Una postura definida en primer término por su convencimiento de una victoria segura del socialismo sobre la dictadura del capital:

“La Revolución proletaria y su fórmula la Dictadura del Proletariado, en plazo más o menos lejano, pero siempre breve, dentro de la magnitud de los términos seculares de la Historia, llegará a dominar el mundo.”

Y en segundo lugar por su profunda aspiración a una sociedad sin clases, en la que han de ser vanguardia dirigente aquellos elementos de la sociedad más cualificados moral y éticamente para ello:

“Así se formará el núcleo de los mejores hijos del pueblo. El pueblo vendrá a ser regido por sus hijos mejores, único modo de autogobernarse. Tendremos la forma de gobierno natural: gobierno del pueblo por sí mismo, representado por sus hijos mejores.”

Una concepción  que se acerca a las concepciones leninistas, expresadas de forma más exacta y menos ecléctica por el Lenin que por Blas Infante, pero con una idea de fondo común:

“Se comprende que mientras subsista el régimen capitalista, del que son compañeros inseparables la miseria y el atraso de las masas populares, el proletariado no podrá elevarse todo él hasta el nivel deseado de conciencia, y que, por tanto, se precisa un grupo de dirigentes conscientes, que instruya en los principios socialistas al ejército de los proletarios, lo agrupe y lo dirija durante la lucha...”

A pesar de sus críticas, Infante ya vislumbra en los primeros años tras la Revolución de Octubre esta tarea en el proceso revolucionario abierto en territorio soviético. Contempla en la revolución bolchevique los primeros elementos que habrían de dar lugar a la sociedad comunista futura:

“Nosotros aseguramos que, además,  es la dictadura del proletariado la más transitoria de todas ¿No veis a Lenin, apenas iniciada la revolución de la conciencia rusa, pasada la reacción contra el régimen zarista, convertido ya en dictador pedagógico?”

Así viene a conectar Infante, de forma inconsciente pero certera, con la problemática que se plantea en las mismas fechas el dirigente ruso.

EL COMUNISMO ES UN FENÓMENO DE CONCIENCIA

En la dimensión ética del pensamiento político de Infante se encuentran muchas similitudes con la importancia que Ernesto Guevara le confiere a la conciencia, como elemento vertebrador del proceso y la acción revolucionaria. Dice el “Che”:

“Desde nuestro punto de vista el comunismo es un fenómenos de conciencia, y no solamente un fenómeno de producción. No se puede llegar al comunismo por la simple acumulación mecánica de cantidades de productos puestos a disposición del pueblo. No se puede llegar a lo que Marx define como comunismo si el hombre no es consciente, si no tiene una conciencia nueva ante la sociedad. Para ello tenemos que separarnos lo más posible de los estímulos materiales sin dejar de reconocer los estímulos materiales como necesarios en estos momentos, sin plantearnos una situación ideal o ilusa. Tenemos que reconocer esa herencia capitalista como un mal y este es el punto fundamental en el que disentimos del llamado “estímulo económico en el cálculo económico”. Para nosotros el interés moral es una cosa básica y el interés material un mal reconocido.”

La dimensión ética del comunista se plasma en el concepto de trabajo voluntario que décadas después implantará Ernesto Guevara de la Serna en Cuba. El trabajo voluntaria era definido como:

“una escuela creadora de conciencia, es el esfuerzo realizado en la sociedad y por la sociedad como aporte individual y colectivo y va formando esa alta conciencia que nos permite acelerar el proceso de tránsito.”

Una frase del Padre de la Patria Andaluza expresa en forma mucho más sintética la cuestión de la conciencia. El fondo es el mismo que expresaba en 1963 el argentino Guevara, aunque formulado 40 años antes:

“El actual problema es ante todo, problema de inspiración espiritual: de metafísica, de Moral”

¿Es esta coincidencia casual? En la historia pocas cosas ocurren fruto del azar. Hay un elemento común a las sociedades en las que tanto el andaluz como el argentino-cubano se desenvolvieron. Hay un factor que determina ambas sociedades, la Andalucía de principios de siglo y la Cuba que acaba de despertar en una revolución. Este no es otro que el subdesarrollo. El subdesarrollo que ha gravado en ambas sociedades, aún encontrándose en momentos históricos diferentes, generaciones de trabajadores que no puedes satisfacer sus necesidades materiales más inmediatas.

Tampoco es casualidad que como Ernesto “Che” Guevara Blas Infante, en su crítica a la Revolución Rusa por lo que él considera un excesivo moderantismo, muestre su desagrado ante los estímulos materiales y otros resortes a los que recurre. Aunque reconoce el lastre que supone la degradación material a la que ha sido sometido los pueblos trabajadores bajo la bota del imperio zarista:

“la Dictadura del Proletariado tienen necesidad de acudir a idénticos resortes o estimulantes que la Dictadura burguesa,respondiendo al grado actual de evolución del espíritu de los hombres; comprando con premios, cintajos o bisuterías las motivaciones santas.”

Su desacuerdo parte de una visión dialéctica del comunismo. Si hablábamos más arriba de su distinción entre dos tipos de comunistas, también diferencia entre dos tipos de ordenación socialista de la sociedad. Entre un comunismo de los valores sociales (“un problema de actual justicia económica”) y el comunismo de los valores individuales (“un problema de reforma espiritual: de máxima consciencia”). Para Blas Infante el conflicto procede de su presupuesto de que será el comunismo de valores individuales, como un fenómeno de conciencia, el requisito previo indispensable para la construcción de la sociedad comunista. Para él la semilla generadora de la nueva sociedad es la ética. Repite la misma idea, formulada de otra manera:

“El Ideal que venga a crear la Sociedad comunista, ha de ser, pues, de índole religiosa o moral”.

Una ética que ha de guiar la acción política puesta al servicio del pueblo trabajador:

“Dimos una norma altruista inspiradora de un proceder práctico, convirtiendo la acción política en acción social y de defensa concreta de los intereses del pueblo.”

Esta concepción ética revolucionaria, enmarca y vertebra su proyecto de Andalucía. Un proyecto tan nacionalista como, finalmente, internacionalista. No podía ser de otra forma si por encima de las consideraciones económicas o políticas el programa infantista prioriza la ética revolucionaria:

“El fin natural de la existencia de un pueblo es, como el de la existencia de un individuo,  el de engrandecerse por sí, pero no para sí, sino para la solidaridad entre los hombres, es decir: para los demás pueblos de la Tierra.”

LA DIMENSIÓN ÉTICA DE INFANTE EN LA ANDALUCÍA ACTUAL

Llegados a este punto, es de interés preguntarse ¿Tiene alguna vigencia la dimensión ética del andalucismo infantista en la Andalucía actual? Y si la tiene ¿de qué nos puede servir esta perspectiva en la construcción de una Andalucía libre?

La Andalucía actual ha cambiado mucho con respecto a la Andalucía de inicios del siglo XX, sin dejar de ser la misma. No es contradictoria esta consideración. Si bien ha habido un progreso material en cuanto a las necesidades vitales más inmediatas del Pueblo Trabajador Andaluz, la Andalucía actual sigue sufriendo internamente una polarización profunda de la propiedad y de la riqueza. La riqueza que poseen de forma ostensible unas clases dominantes que han cambiado muy poco en los últimos cien años. En muchos caso son las mismas familias, los mismos apellidos, los que ocupan los primeros cargos de relevancia en la vida política, económica y cultural de Andalucía, de sus pueblos y ciudades. Pero no solo hay continuidades en su propia estructura interna. Externamente Andalucía sigue jugando el papel secular de nación oprimida, de soberanía usurpada, y sometida a los dictados y necesidades de la economía española, europea y mundial. Es decir de la oligarquía española y del imperialismo. No podía ser de otra manera, que lo externo y lo interno evolucionen de forma similar, si en ambos casos Andalucía y sus habitantes son recursos para el sistema imperialista mundial.

Por lo tanto, si las transformaciones no han sido profundas sino superficiales los problemas fundamentales han de seguir siendo muy parecidos.  Y Blas Infante no se equivocaba al hablar de la transformación de las conciencias como elemento imprescindible para la transformación social. Si observamos Andalucía en los últimos 75 años los hechos no han hecho sino darle la razón.

Fijémonos para ilustrar esta afirmación en dos ámbitos distintos pero bien representativos de la realidad del país andaluz, los sindicatos y los ayuntamientos.

Tras más de 30 años de legalidad, las centrales sindicales “mayoritarias” (es decir CCOO y UGT), donde se ha ubicado desde la transición buena parte de la izquierda en Andalucía, se caracterizan por estar más cercanas al régimen que a los propios trabajadores. Han desaparecido los mínimos éticos y morales en las prácticas de unos sindicatos (especialmente CCOO ya que es donde algunos se reivindican aún como comunistas) que en nombre de los intereses de los trabajadores/as actúan en beneficio de los suyos propios, traicionando una y mil veces las luchas obreras. Valga como ejemplo el apoyo de la sucursal andaluza de CCOO al reciente Acuerdo Social y Económico o a las distintas Reformas Laborales que se están implementando. La eliminación de las asambleas de trabajadores/as, la delegación en los liberados profesionalizados y perpetuos, la dirección por parte de burocracias sindicales, la falta de control obrero o simplemente el no conocer quiénes firman los convenios de sector porque nunca han aparecido en los tajos de las empresas pequeñas y medianas son elementos definitorios el sindicalismo del régimen. Una vez que ya no hace falta consultar a los trabajadores/as, los chanchullos, los “arreglos” y el dejarse sobornar son mucho más fáciles y han dejado campo abierto para las prácticas burocráticas y corruptas del sindicalismo oficialista. La financiación que el Estado Español y la patronal facilitan a su sindicalismo “conciliador” y “responsable” es motor de las traiciones de unos sindicalistas que han perdido cualquier atisbo de conciencia, cualquier sentido de la ética. Como bien señalara Blas Infante, el problema es fundamentalmente de conciencia, “de carácter moral”.

En los ayuntamientos se ha vivido un proceso similar. La mayoría de los ayuntamientos están dominados por las prácticas corruptas y clientelares del caciquismo de antaño. De derecha a izquierda, en la mayoría de los ayuntamientos el acceso al gobierno local es una lucha en definitiva por ampliar y controlar a un mayor número de población con la que se establecen relaciones de interés y dependencia a corto plazo. Los ayuntamientos y las concejalías se han convertido en un mero instrumento de control social por parte de las minorías de profesionales de la política. Y a este esquema de funcionamiento se han sumado la inmensa mayoría de alcaldes y concejales (con honrosas excepciones). La ética quedó para otro día y es frecuente encontrar en los periódicos casos confirmados de corrupción municipal donde pretendidos “comunistas” participan de las mismas prácticas mafiosas de los demás. ¿Como explicar sino los numerosos acuerdos municipales entre partidos favorables y contrarios a la Reforma Laboral? ¿Cómo explicar que la inmensa mayoría del espectro político andaluz haya participado como uno más de las redes clientelares y las prebendas como forma de sostenerse en el poder?

En ambos casos subyace una realidad que ya pronosticó Blas Infante certeramente. El subdesarrollo. El subdesarrollo que facilita la corrupción en aquellos que no están armados con la mayor y más letal arma revolucionaria del militante comunista, la ética. El subdesarrollo podríamos definirlo, de forma simple y limitada a una formación social, como ese estado continuo del ser colectivo en el que las necesidades básicas no son satisfechas. Un estado que se hereda de una generación a otra hasta penetrar y formar parte de la memoria colectiva. El subdesarrollo moldea conciencias y transforma comportamientos en aquellos que lo sufren. La sabiduría popular lo ha llamado el “hambre atrasada”, que hace de las más firmes convicciones algo tan blando como la mantequilla ante un cuchillo caliente cuando se contraponen a las prebendas. El “Che” se encontró con una realidad similar en la Cuba de principios de los años 60. El si conocía la teoría, pero el análisis fue similar al de Infante 40 años antes. No es otra la razón por la que Infante coincide en algunos de sus análisis con Lenin en los años 20. Y esa es la razón que explica que Ernesto Guevara de la Serna llegara a las mismas conclusiones cuarenta años después y con un océano de por medio.

Por ello concluyo en el convencimiento de lo imprescindible de la dimensión ética del pensamiento infantista en la Andalucía actual. Esta aportación de Blas Infante lo confirma como un autor fundamental en la teoría y práctica de la liberación andaluza. La izquierda del régimen, españolista y domesticada, olvidó la ética revolucionaria como un elemento a considerar en la práctica cotidiana. Los resultados están a la vista. Tres décadas de retrocesos y pérdidas de capacidad de movilización y lucha, de pérdida de contrapoder en definitiva de las clases populares andaluzas ven cada vez más claro la traición que han sufrido. La izquierda independentista andaluza tiene la tarea de volver a situar como elemento central de las luchas y los procesos populares la ética revolucionaria. Y de denunciar aquellos que se dejen pudrir por el interés personal. Una Andalucía Libre será ante todo una Andalucía de conciencias despiertas, de militantes “en constante proceso de mejoramiento”. ¿Por qué no? Donde todos seamos permanentemente, como dijeran Blas Infante y “Che” Guevara, aspirantes a comunistas.



jueves, 1 de diciembre de 2011

Sin Partido no puede haber Revolución ni Socialismo


Hoy el diario de los y las camaradas cubanas, Granma, recuerda el 50º aniversario del discurso pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro en uno de los ciclos de la Universidad Popular para explicar los fundamentos de la necesidad de constituir el Partido Unido de la Revolución Socialista, antecedente del actual Partido Comunista de Cuba. Reproducimos este fragmento como ejemplo de la trascendental labor creadora del Comandante Fidel y los y las luchadores/as cubanas, que hizo posible la victoria de la Revolución alejados de clichés pseudorevolucionarios aptos solo para intelectuales. Una muestra del potencial revolucionario de la lucha organizada de los pueblos contra el imperialismo y el neocolonialismo. Llámese el enemigo Estados Unidos o llámese Estado Español.

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Sin el Partido no puede haber socialismo

El Partido Unido de la Revolución era, en primer lugar, una necesidad. ¿Por qué era una necesidad? En primer lugar, no se puede hacer una Revolución, sobre todo no se puede llevar adelante una Revolución, sin una fuerte y disciplinada organización revolucionaria [... ]

¿Qué significa la organización de ese Partido, esa organización? ¿Qué significa la unificación de todas esas fuerzas revolucionarias? ¿Qué significa la unión de esas tres organizaciones? ¿Qué significa, de manera clara y nítida, para todo el pueblo, y qué significa para la Revolución? Significa que todas las fuerzas revolucionarias de la sociedad, todas las fuerzas revolucionarias de la sociedad, es decir, la clase obrera, la clase campesina, los estudiantes, las capas revolucionarias de la pequeña burguesía, y los intelectuales, es decir, los únicos sectores o clases de la sociedad, las únicas clases de la sociedad que por su propia naturaleza y por el lugar que ocupan dentro de la sociedad están llamadas a ser revolucionarias, se unen todas en una sola organización revolucionaria. [...]

¡Acostumbrémonos, acordes con los tiempos y acordes con nuestra Revolución, a ver en el pueblo las grandes virtudes, las grandes inteligencias, los grandes méritos, saber que en ese pueblo hay grandes reservas, y que por eso el pueblo no puede fracasar! Puede fracasar un hombre, porque un hombre es uno; un pueblo no puede fracasar, porque son miles, porque son cientos de miles de inteligencias, cientos de miles de dirigentes en potencia.

Entonces, ¿qué debe hacer el Partido de ese pueblo revolucionario? Ese Partido debe ser el gran vehículo de mérito, el gran vehículo de la vocación revolucionaria, el gran vehículo de la inteligencia revolucionaria; ese Partido debe estar siempre por encima de los individuos, porque ese es el Partido que va a encerrar, no el valor de una inteligencia, sino el valor de decenas de miles y de cientos de miles de inteligencias; no el valor de un heroísmo, sino el valor del heroísmo de todos; no el valor de un espíritu de sacrificio, sino el valor del espíritu de sacrificio de cientos de miles de ciudadanos, del espíritu de combate, del amor a la Revolución.

Fidel Castro Ruz, 1 de diciembre de 1961.