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lunes, 2 de abril de 2012

China: Auge, caída y resurgimiento como potencia global. Algunas lecciones del pasado




Tras unas elecciones coloniales en Andalucía en las que hay que destacar que de nuevo ha ganado el Capitalismo, publicamos un artículo del sociólogo estadounidense James Petras acerca del desarrollo histórico de China y la evolución de este país como potencia económica mundial rompiendo con algunos mitos divulgados por la historiografía eurocentrista.

El análisis realizado por el autor resulta de gran interés debido a las conclusiones que se pueden extraer del papel que han jugado las potencias imperialistas europeas y americanas como Inglaterra en siglos pasados y EE.UU en la actualidad en cuanto al cerco militar que ha sufrido China como forma de presión ante su auge económico como potencia capitalista emergente. Desde la Revolución China liderada por Mao Tse-Tung, la República Popular China comenzó a desarrollar un progreso jamás visto a todos los niveles, pero, en especial, en cuanto a la situación socio-laboral de la clase obrera china. Tras el abandono del PCCh del socialismo y la transformación de China como país capitalista, ha comenzado a expandirse por el mundo alcanzando acuerdos con países ricos en materias primas, dando lugar a la consiguiente competencia con Europa y EE.UU y la vuelta a otras coyunturas históricas en las que China a causa de no caracterizarse por ser un país belicista y con afán expansionista, ha sufrido el acoso y la violencia imperialista de los estados monopolistas.

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China: Auge, caída y resurgimiento como potencia global. Algunas lecciones del pasado

Introducción

Los estudios sobre la potencia mundial aparecen contaminados de la visión de los historiadores eurocéntricos, que distorsionaron e ignoraron el papel dominante que China jugó en la economía mundial entre 1100 y 1800. La brillante investigación histórica sobre la economía mundial a lo largo de ese período realizada por John Hobson [1] proporciona una abundancia de datos empíricos que defienden la superioridad económica y tecnológica de China sobre la civilización occidental durante buena parte del milenio referido antes de su conquista y decadencia en el siglo XIX.

La reaparición de China como potencia económica mundial plantea importantes preguntas sobre qué podemos aprender de su anterior auge y caída y sobre las amenazas externas e internas a las que puede enfrentarse esta superpotencia económica emergente en el futuro inmediato.

En primer lugar, vamos a trazar los contornos principales del auge histórico de China hasta su superioridad económica global sobre Occidente antes del siglo XIX siguiendo estrechamente el relato de John Hobson en The Eastern Origins of Western Civilization. Debido a que la mayoría de los historiadores económicos occidentales (liberales, conservadores y marxistas) han presentado a la China histórica como una sociedad estancada, atrasada y provinciana, un “despotismo a la oriental”, es preciso hacer ciertas detalladas correcciones. Y es especialmente importante subrayar cómo China, la potencia tecnológica mundial entre 1100 y 1800, hizo posible la aparición de Occidente. Fue solo tomando prestadas y asimilando las innovaciones chinas que Occidente pudo llevar a cabo la transición al capitalismo moderno y a las economías imperialistas.

En segundo lugar, analizaremos y discutiremos los factores y circunstancias que llevaron a la decadencia china en el siglo XIX y su consiguiente dominación, explotación y pillaje por parte de los países imperiales occidentales, primero Inglaterra y después Europa, Japón y los EEUU.

En tercer lugar, señalaremos brevemente los factores que llevaron a la emancipación china del dominio colonial y neocolonial y analizaremos su reciente auge hasta convertirse en la segunda mayor potencia económica global.

Finalmente, consideraremos las amenazas pasadas y presentes al auge de China como potencia económica global, subrayando los parecidos entre el colonialismo británico de los siglos XVIII y XIX y las actuales estrategias imperialistas de EEUU, centrándonos en las debilidades y fortalezas de las pasadas y presentes respuestas chinas.

China: Auge y consolidación como potencia global (1100-1800)

En un formato comparativo sistemático, John Hobson proporciona una abundancia de indicadores empíricos que demuestran la superioridad económica global de China sobre Occidente y, en particular, sobre Inglaterra. Estos son algunos de los hechos destacados:

Ya en el año 1078, China era el mayor productor de acero (125.000 toneladas); mientras que Gran Bretaña produjo, en 1788, 76.000 toneladas. Y China estaba a la cabeza del mundo en innovaciones técnicas para la fabricación de textiles siete siglos antes de la “revolución textil” del siglo XVIII de Gran Bretaña.

China era la principal nación en el sector comercial, con un comercio a larga distancia que llegaba hasta la mayor parte del Sur de Asia, África, Oriente Medio y Europa. La “revolución agrícola” y la productividad superaron las de Occidente hasta el siglo XVIII.

Sus innovaciones en la producción de papel, imprenta, armas de fuego y herramientas la convirtieron en una superpotencia manufacturera cuyos productos se transportaban por todo el mundo a través del más avanzado sistema de navegación. China poseía el mayor número de barcos comerciales en el mundo. En 1588, los buques ingleses más grandes desplazaban alrededor de 400 toneladas, los de China 3.000 toneladas. Incluso hasta finales del siglo XVIII, los comerciantes chinos disponían de 130.000 buques privados de transporte, varias veces los de Gran Bretaña. China conservó su posición preeminente en la economía mundial hasta principios del siglo XIX.

Los fabricantes británicos y europeos seguían el ejemplo de China, asimilando y adoptando sus más avanzadas tecnologías y estaban ansiosos por penetrar en el avanzado y lucrativo mercado chino.

La banca, la economía con papel moneda estable, la industria manufacturera y los altos rendimientos en la agricultura hicieron que el ingreso per capita de China igualara el de Gran Bretaña en 1750.

La posición global dominante de China se vio desafiada por el auge del imperialismo británico, que había adoptado las avanzadas innovaciones tecnológicas, de navegación y mercado de China y otros países asiáticos a fin de eludir las primeras etapas para llegar a convertirse en una potencia mundial [2].

El imperialismo de Occidente y la decadencia de China

La conquista imperial británica y occidental del Oriente se basó en la naturaleza militarista del estado imperial, en sus no recíprocas relaciones económicas comerciales con los países de ultramar y en la ideología imperial occidental que motivó y justificó las conquistas en el exterior.

A diferencia de China, fue la política militar la que impulsó la revolución industrial británica y la expansión exterior. Según Hobson, durante el período 1688-1815, Gran Bretaña estuvo implicada en guerras durante el 52% de ese período [3]. Mientras que los chinos confiaban en sus mercados abiertos y en su producción superior y sofisticadas técnicas bancarias y comerciales, los británicos acudieron a la protección arancelaria, a la conquista militar, a la destrucción sistemática de empresas competitivas extranjeras, así como a la apropiación y saqueo de recursos locales. El predominio global chino se basaba en “beneficios recíprocos” con sus socios comerciales, mientras que Gran Bretaña dependía de ejércitos mercenarios de ocupación, de la represión salvaje y de la política de “divide y vencerás” para fomentar rivalidades locales. Frente a la resistencia de los nativos, los británicos (así como otras potencias imperiales occidentales) no dudaron en exterminar a comunidades enteras [4].

Incapaces de apoderarse del mercado chino a través de la competitividad económica, Gran Bretaña se apoyó en un poder militar brutal. Movilizó, armó y envió mercenarios, desde sus colonias en la India y más lugares para forzar a China a aceptar sus exportaciones e imponer tratados injustos con tarifas más bajas. Como consecuencia, China se vio inundada del opio británico producido en las plantaciones británicas en la India, a pesar de las leyes chinas que prohibían o regulaban la importación y venta de narcóticos. Los gobernantes chinos, acostumbrados desde hacía mucho tiempo a su superioridad manufacturera y comercial, no estaban preparados ante las “nuevas normas imperiales” para hacerse con el poder global. La disposición de Occidente a utilizar el poder militar para establecer colonias, saquear recursos y reclutar ejércitos inmensos de mercenarios dirigidos por oficiales europeos anunció el fin de China como potencia mundial.

China había basado su predominio económico en la “no interferencia en los asuntos internos de sus socios comerciales”. En cambio, los imperialistas británicos intervinieron violentamente en Asia, reorganizando las economías locales para ajustarlas a las necesidades del imperio (eliminando los competidores económicos, incluidos los más eficientes fabricantes indios del algodón) y se apropiaron del control del aparato político, económico y administrativo para establecer el estado colonial.

El imperio británico se construyó con los recursos saqueados a las colonias y mediante la militarización masiva de su economía [5]. Fue así como pudo afianzar la supremacía militar sobre China. La excesiva confianza de las elites gobernantes chinas en las relaciones comerciales obstaculizó su política exterior. Las elites de comerciantes y funcionarios chinos trataron de apaciguar a los británicos y convencer al emperador de que hiciera devastadoras concesiones extraterritoriales abriendo mercados en detrimento de los fabricantes chinos, a la vez que renunciaban a la soberanía local. Como siempre, los británicos favorecieron las revueltas y rivalidades internas desestabilizando aún más el país.

La penetración y colonización británica y occidental del mercado chino creó toda una nueva clase: Los “compradores” chinos ricos importaban productos británicos y facilitaban la apropiación de los mercados y recursos locales. El pillaje imperialista forzó la explotación, además de mayores impuestos, de las grandes masas de campesinos y trabajadores chinos. Los gobernantes de China se vieron obligados a pagar las deudas de la guerra y los déficits financieros comerciales impuestos por las potencias imperiales occidentales exprimiendo a su campesinado. Esto provocó hambre y revueltas entre los campesinos.

A primeros del siglo XX (menos de un siglo después de las Guerras del Opio), China había descendido de potencia económica mundial a convertirse en un destrozado país semicolonial con una inmensa población indigente. Los puertos principales estaban controlados por los funcionarios de las potencias occidentales y el campesinado estaba sometido al dominio de corruptos y brutales señores de la guerra. El opio británico esclavizó a millones de seres.

Los académicos británicos: Excelentes apologistas de la conquista imperial

Toda la profesión académica occidental –sobre todo los historiadores imperiales británicos- atribuyeron el dominio imperial británico de Asia a la “superioridad tecnológica” inglesa y la miseria y status colonial de China al “atraso oriental”, omitiendo cualquier mención al milenio de progreso y superioridad técnica y comercial de China hasta comienzos del siglo XIX. A finales de la década de 1920, con la invasión imperial japonesa, China dejó de existir como país unificado. Bajo la égida del dominio imperial, cientos de millones de chinos habían muerto de hambre o habían quedado desposeídos o masacrados. Toda la elite compradora “colaboracionista” china había quedado desacreditada a los ojos del pueblo chino.

Lo que quedó en la memoria colectiva de la gran masa del pueblo chino –totalmente ausente de los relatos de los prestigiosos académicos estadounidenses y británicos- fue la sensación de que China había sido en otro tiempo una potencia mundial próspera, dinámica e importante. Los comentaristas occidentales rechazaban esa memoria “colectiva” de la supremacía china como las locas pretensiones de una realeza y señores nostálgicos: la vana arrogancia Han.

China emerge de las cenizas de la humillación y el saqueo imperialistas: La revolución comunista china

El auge de la China moderna hasta convertirse en la segunda mayor economía mundial fue posible solo a través de los éxitos de la revolución comunista china de mediados del siglo XX. El Ejército Rojo de Liberación Popular derrotó primero al invasor ejército imperialista japonés y después al ejército nacionalista del Kuomintang, al que apoyaba el imperialismo estadounidense. Esto permitió reunificar China como estado soberano independiente. El gobierno comunista abolió los privilegios extraterritoriales de los imperialistas occidentales, puso fin a los feudos territoriales de los señores de la guerra y gángsteres regionales y expulsó a los millonarios propietarios de burdeles, a los traficantes de mujeres y drogas así como a otros “proveedores de servicios” al Imperio Europeo-Estadounidense.

La revolución comunista forjó el moderno estado chino en todos los sentidos. Los nuevos dirigentes procedieron entonces a reconstruir una economía arrasada por las guerras imperiales y saqueada por los capitalistas japoneses y occidentales. Después de 150 años de infamia y humillación, el pueblo chino recuperó su orgullo y dignidad nacionales. Los elementos socio-psicológicos eran esenciales para motivar a los chinos en la defensa de su país ante los ataques, sabotajes, boicots y bloqueos orquestados por EEUU inmediatamente después de su liberación.

A diferencia de lo que dicen los economistas neoliberales chinos y occidentales, el crecimiento dinámico de China no empezó en 1980. Empezó en 1950, cuando la reforma agraria proporcionó tierra, infraestructuras, créditos y asistencia técnica a cientos de millones de campesinos destituidos y trabajadores rurales sin tierras. Mediante lo que ahora se llama “capital humano” y una movilización social gigantesca, los comunistas construyeron carreteras, aeropuertos, puentes, canales y vías férreas así como industrias básicas, como la del carbón, hierro y acero, para formar la columna vertebral de la economía moderna china. Los inmensos sistemas sanitario y educativo gratuitos de la China comunista crearon una fuerza de trabajo saludable, educada y motivada. Su ejército, altamente profesional, impidió que EEUU extendiera su imperio militar a través de la península de Corea hasta las fronteras territoriales chinas. Al igual que los académicos y propagandistas occidentales del pasado fabricaron una historia acerca de un imperio “estancado y decadente” para justificar sus destructivas conquistas, de la misma forma sus homólogos modernos han vuelto a escribir los primeros treinta años de la historia comunista china, negando el papel de la revolución en el desarrollo de todos los elementos esenciales para un estado, una sociedad y una economía modernas. Está claro que el rápido crecimiento económico de China se basó en el desarrollo de su mercado interno, en el rápido crecimiento de su equipo de científicos, técnicos y trabajadores bien formados y en la red de seguridad social que protegió y promovió la movilidad de la clase trabajadora y campesinado, todo ello producto de la planificación e inversiones chinas.

El auge de China como potencial global empezó en 1949 con la eliminación de las parásitas clases financieras, compradoras y especulativas que habían servido de intermediarias para los imperialistas europeos, japoneses y estadounidenses que despojaron a China de sus grandes riquezas.

La transición de China al capitalismo

A principios de 1980, el gobierno chino inició un cambio drástico en su estrategia económica: Durante las tres décadas siguientes, abrió el país a la inversión exterior a gran escala; privatizó miles de industrias y puso en marcha un proceso de concentración de la renta basado en una deliberada estrategia de recrear una clase económica dominante de multimillonarios vinculados a capitalistas extranjeros. La clase política gobernante china abrazó la idea de “prestar” conocimientos técnicos y el acceso a los mercados de ultramar de firmas extranjeras a cambio de proporcionar abundante mano de obra barata al coste más bajo. El estado chino desvió subvenciones públicas masivas a promover un alto crecimiento capitalista desmantelando su sistema nacional de educación y sanidad públicas gratuitas. Acabaron con la vivienda pública subvencionada para cientos de millones de campesinos y trabajadores de fábricas urbanas y proporcionaron financiación a los especuladores inmobiliarios para la construcción de apartamentos privados de lujo y rascacielos de oficinas. La nueva estrategia capitalista de China, así como su crecimiento de dos dígitos, se basaron en los profundos cambios estructurales y en las masivas inversiones públicas del anterior gobierno comunista. El despegue del sector privado de China se llevó a cabo en base a los inmensos desembolsos públicos hechos a partir de 1949.

La nueva clase capitalista triunfante y sus colaboradores occidentales reclamaron todo el crédito posible para este “milagro económico” mientras China se convertía en la segunda mayor economía mundial. Estas nuevas elites chinas han estado menos dispuestas a anunciar el estatus de primera categoría de China a partir de las brutales desigualdades de clase, rivalizando solo con EEUU.

China: De la dependencia imperial al competidor mundial de primer orden

El sostenido crecimiento chino en el sector manufacturero fue consecuencia de inversiones públicas altamente concentradas, altos beneficios, innovaciones tecnológicas y un mercado interno protegido. Aunque el capital extranjero obtuvo beneficios, fue siempre dentro del marco de las prioridades y reglamentaciones estatales chinas. La dinámica del régimen de la “estrategia de exportación” ha creado inmensos excedentes comerciales, que finalmente han hecho de China uno de los mayores acreedores del mundo, especialmente de deuda estadounidense. Para mantener sus dinámicas industrias, China ha necesitado de entradas inmensas de materias primas, lo que ha motivado inversiones exteriores a gran escala y acuerdos comerciales con países exportadores de agro-minerales en África y Latinoamérica. En 2010, China desplazó a EEUU y Europa como principal socio comercial de muchos países de Asia, África y Latinoamérica.

El ascenso de la China moderna a potencia económica mundial, como su predecesora entre 1100 y 1800, se ha basado en su gigantesca capacidad productiva: el comercio y la inversión se han regido por una política de estricta no interferencia en las relaciones internas de sus socios comerciales. A diferencia de EEUU, China no inició guerras brutales por el petróleo; en cambio firmó contratos lucrativos. Y China no combatió guerras en interés de los chinos de ultramar, como EEUU ha hecho en Oriente Medio a favor de Israel.

El aparente desequilibrio entre el poder económico y militar de China contrasta de forma aguda con EEUU, donde un imperio militar inflado y parasitario continúa socavando su propia presencia económica global.

El gasto militar de EEUU es doce veces el de China. Cada vez más, el ejército de EEUU juega un papel clave a la hora de moldear la política en Washington mientras trata de debilitar el ascenso de China a potencia global.

El ascenso de China a potencia mundial: ¿se repetirá la historia a sí misma?

China ha estado creciendo a un 9% por año y sus productos y servicios están aumentando rápidamente en calidad y valor. En cambio, EEUU y Europa llevan revolcándose en un crecimiento 0% desde 2007 a 2012. El innovador establishment tecno-científico chino asimila rutinariamente los inventos más recientes de Occidente (y Japón) mejorándolos, rebajando por tanto los costes de producción. China ha sustituido a las “instituciones financieras internacionales” controladas por EEUU y Europa (el FMI, el Banco Mundial, el Banco de Desarrollo Interamericano) como principal prestamista en Latinoamérica. China continúa estando a la cabeza como principal inversor en los recursos mineros y energéticos de África. China ha sustituido a EEUU como principal mercado para el petróleo iraní, sudanés y saudí y pronto sustituirá a EEUU como principal mercado para los productos petrolíferos venezolanos. En la actualidad, China es el mayor exportador y fabricante de manufacturas del mundo, dominando incluso el mercado estadounidense, mientras juega el papel de salvavidas financiero al poseer alrededor de 1.300 billones de dólares en bonos del Tesoro estadounidense.

Bajo las crecientes presiones de sus trabajadores y campesinos, los gobernantes chinos han estado desarrollando el mercado interno aumentando los salarios y el gasto social para reequilibrar la economía y evitar el espectro de la inestabilidad social. En cambio, los salarios y servicios públicos vitales de EEUU han disminuido de forma aguda en términos absolutos y relativos.

Teniendo en cuenta las tendencias históricas actuales, está claro que China sustituirá a EEUU como principal potencia económica mundial en la próxima década si el imperio estadounidense no contraataca y si las profundas desigualdades de clase chinas no provocan importantes agitaciones sociales.

El ascenso de la China moderna a potencia global enfrenta serios desafíos. A diferencia del histórico ascenso chino a nivel mundial del pasado, el poder económico global moderno chino no va acompañado de ninguna empresa imperialista. China ha quedado seriamente rezagada detrás de EEUU y Europa en cuanto a la capacidad agresiva de hacer la guerra. Quizá esto ha permitido a China dirigir recursos públicos a maximizar el crecimiento económico, pero ha dejado a China en situación vulnerable ante la superioridad militar estadounidense frente a su arsenal masivo, su red de bases de avanzada y sus posiciones geomilitares y estratégicas justo frente a la costa china y en los territorios colindantes.

En el siglo XIX, el imperialismo británico echó abajo la posición global china con su superioridad militar, apropiándose de los puertos chinos, debido a la confianza de China en su “superioridad mercantil”.

La conquista de la India, Birmania y la mayor parte de Asia permitió a los británicos establecer bases coloniales y reclutar ejércitos mercenarios locales. Los británicos y sus mercenarios aliados cercaron y aislaron a China, preparando el camino para perturbar los mercados chinos e imponer condiciones brutales a su comercio. La presencia armada del Imperio británico dictó lo que China tenía que importar (con el opio alcanzando el 50% de las exportaciones británicas en la década que se inició en 1850) mientras socavaban las ventajas competitivas de China a través de políticas arancelarias.

Hoy en día, EEUU está siguiendo políticas parecidas: La flota naval estadounidense patrulla y controla las rutas marítimas comerciales chinas y los recursos petroleros extraterritoriales a través de sus bases en el exterior. La Casa Blanca de Obama-Clinton está en proceso de desarrollar una respuesta militar rápida que implicará a sus bases en Australia, Filipinas y otros lugares de Asia. EEUU está intensificando sus esfuerzos para socavar el acceso exterior de China a los recursos estratégicos mientras se dedica a apoyar “bases” de separatistas e “insurgentes” en el oeste de China, Tibet, Sudán, Birmania, Irán, Libia, Siria y otros lugares. Los acuerdos militares de EEUU con la India y la instalación de un régimen-títere acomodaticio en Pakistán han hecho avanzar su estrategia de aislar a China. Aunque China mantiene su política de “desarrollo armonioso” y “no interferencia en los asuntos internos de otros países”, se ha hecho a un lado cuando el imperialismo bélico europeo y estadounidense ha atacado a alguno de los socios comerciales de China con el objetivo fundamental de invertir la pacífica expansión comercial de China. La carencia de una estrategia ideológica y política de China capaz de proteger sus intereses económicos en el exterior ha sido una invitación para que EEUU y la OTAN establecieran regímenes hostiles a China. El ejemplo más destacado es Libia, donde EEUU y la OTAN intervinieron para derrocar a un gobierno independiente dirigido por el presidente Gadafi, con quien China había firmado acuerdos comerciales e inversiones por valor multimillonario. Los bombardeos de ciudades, puertos e instalaciones petrolíferas por la OTAN obligaron a los chinos a retirar a 35.000 trabajadores de la construcción e ingenieros del petróleo chinos en cuestión de días. Lo mismo sucedió en Sudán, donde China había invertido miles de millones para desarrollar su industria petrolera. EEUU, Israel y Europa armaron a los rebeldes de Sudán del Sur para interrumpir el flujo de petróleo y atacar a los trabajadores chinos en el sector [6]. En ambos casos, China permitió pasivamente que los imperialistas estadounidenses y europeos atacaran a sus socios comerciales y frenaran sus inversiones.

Bajo Mao Tse Tung, China tuvo una política activa de contención de la agresión imperial: Apoyaba a movimientos revolucionarios y a gobiernos del Tercer Mundo. En la actualidad, la China capitalista no tiene una política activa para apoyar gobiernos o movimientos capaces de proteger el comercio bilateral y los acuerdos de inversión de China. La política exterior de China está moldeada por grandes intereses comerciales, financieros y manufactureros que confían en el “aspecto económico competitivo” para conseguir cuotas de mercado y no entienden de bases militares y de seguridad del poder económico global. La clase política china está profundamente influida por una nueva clase de multimillonarios con fuertes vínculos con los fondos de capital occidentales que han absorbido sin reparo los valores culturales occidentales. Esto queda ilustrado por su preferencia a enviar a sus propios hijos a las universidades de elite en EEUU y en Europa. Tratan de “acomodarse a Occidente” a cualquier precio. Esta falta de comprensión estratégica de la construcción del imperio militar les ha llevado a responder de forma ineficaz y ad hoc a cada acción imperialista que ha socavado su acceso a recursos y mercados.

Aunque la visión de China del “negocio primero” pudo haber funcionado cuando era un actor menor en la economía mundial y los constructores del imperio estadounidense veían la “apertura al capitalismo” como un oportunidad de hacerse fácilmente con las empresas públicas de China y saquear su economía, sin embargo, cuando China (a diferencia de la ex URSS) decidió retener los controles de capital y desarrollar una “política industrial” cuidadosamente calibrada, y bajo control estatal, dirigiendo el capital occidental y la transferencia de tecnología a las empresas estatales, que penetraron eficazmente en los mercados internos y exteriores de EEUU, Washington empezó a quejarse y a hablar de represalias.

Los inmensos excedentes comerciales de China con EEUU provocaron una respuesta dual de Washington: Vendió cantidades masivas de bonos del Tesoro estadounidense a los chinos y empezó a desarrollar una estrategia global para bloquear el avance chino. Como EEUU carecía de apalancamiento económico para revertir su decadencia, confió solo en su “ventaja comparativa”: su superioridad militar basada en un amplio sistema mundial de bases de ataque, una red de regímenes-clientes en el exterior, apoderados militares, ONG, intelectuales y mercenarios armados. Washington se volvió hacia su inmenso, secreto y clandestino aparato de seguridad para debilitar a los socios comerciales de China. Washington depende desde hace mucho tiempo de sus lazos con gobernantes corruptos, disidentes, periodistas y magnates de los medios para proporcionar la cobertura más poderosa propagandística mientras avanza en su ofensiva militar contra los intereses de China en el exterior.

China no tiene nada para competir con el “aparato de seguridad” de EEUU debido a que practica una política de “no interferencia”. Dado el avanzado estado de la ofensiva imperial occidental, China ha adoptado tan solo unas cuantas iniciativas diplomáticas, tales como financiar algunas cadenas de medios en lengua inglesa para presentar sus puntos de vista, utilizando su poder de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para oponerse a los esfuerzos de EEUU para derrocar el régimen de Asad en Siria y oponerse a la imposición de sanciones drásticas contra Irán. Repudió severamente el vitriólico cuestionamiento de la secretaria de estado de EEUU Hillary Clinton acerca de la “legitimidad” del estado chino cuando votó contra la resolución de EEUU y la ONU preparando un ataque contra Siria [7].

Los estrategas militares chinos son más conscientes de la situación y se sienten alarmados ante la creciente amenaza militar hacia China. Han pedido, y se les ha aceptado, un 19% de incremento anual en el gasto militar para los próximos cinco años (2011-2015) [8]. Incluso con este incremento, los gastos militares de China serán menos de la quinta parte del presupuesto militar estadounidense y China no tiene ninguna base en el exterior en marcado contraste con las más de 750 instalaciones de EEUU por todo el mundo. Las operaciones de inteligencia chinas en el exterior son mínimas e ineficaces. Sus embajadas se ocupan de estrechos intereses comerciales y no entendieron en absoluto la brutal política de la OTAN para cambiar el régimen en Libia y no informaron a Pekín de su importancia para el estado chino.

Existen otras dos debilidades estructurales que socavan el ascenso de China como potencia mundial. Esto incluye a la muy “occidentalizada” intelligentsia, que se ha tragado sin sentido crítico la doctrina económica estadounidense sobre el libre mercado mientras pasan por alto su militarizada economía. Esos intelectuales chinos repiten como papagayos la propaganda de EEUU acerca de las “ virtudes democráticas ” de las multimillonarias campañas presidenciales a la vez que apoyan la desregulación financiera que habría llevado a Wall Street a apoderarse de los bancos y ahorros chinos. Muchos asesores empresariales y académicos chinos se han educado en EEUU y están influenciados por sus lazos con los académicos estadounidenses y las instituciones financieras internacionales directamente vinculadas con Wall Street y la City londinense. Han prosperado como asesores bien remunerados que logran puestos prestigiosos en las instituciones chinas. Identifican la “liberalización de los mercados financieros” con las “economías avanzadas” capaces de profundizar los lazos con los mercados globales en lugar de ser una fuente importante de la actual crisis financiera global. Estos “intelectuales occidentalizados” son como sus homólogos los compradores del siglo XIX, que subestimaron y rechazaron las consecuencias a largo plazo de la penetración imperial occidental. Son incapaces de comprender cómo la desreglamentación financiera en EEUU fue lo que precipitó la actual crisis y cómo la desregulación va a llevar a que Occidente se apodere del sistema financiero chino, cuyas consecuencias redistribuirían los ahorros internos chinos en actividades no productivas (especulación inmobiliaria), precipitarían la crisis financiera y, en último término, socavarían la importante posición global de China.

Esos yuppies chinos imitan lo peor de los estilos de vida consumistas de Occidente, y sus puntos de vista políticos están influidos por esos estilos de vida e identidades occidentalizadas que excluyen cualquier sentido de solidaridad con su propia clase trabajadora.

Hay una base económica para los sentimientos pro-occidentales de los neocompradores chinos. Han transferido miles de millones de dólares a cuentas en bancos extranjeros, han comprado casas y apartamentos de lujo en Londres, Toronto, Los Ángeles, Manhattan, París, Hong Kong y Singapur. Solo tienen un pie en China (la fuente de su riqueza) y el otro en Occidente (donde consumen y esconden su riqueza).

Los compradores occidentalizados están profundamente empotrados en el sistema económico de China al tener vínculos familiares con los dirigentes políticos en el aparato del partido y el estado. Sus conexiones son más débiles en el ejército y en los crecientes movimientos sociales, aunque algunos estudiantes “disidentes” y activistas académicos de los “movimientos pro democracia” cuentan con el apoyo de las ONG imperiales de Occidente. En la medida en que los compradores van ganando influencia, van debilitando las fuertes instituciones estatales económicas que han dirigido el ascenso chino a potencia global, al igual que hicieron en el siglo XIX actuando como intermediarios para el Imperio británico. Proclamando el “liberalismo” del siglo XIX, 50 millones de chinos se volvieron adictos al opio en menos de una década. Proclamando la “ democracia y los derechos humanos ” , las cañoneras estadounidenses patrullan ahora frente a las costas de China. El ascenso de China, dirigido por las elites, a potencia económica global ha engendrado desigualdades monumentales entre unos miles de nuevos multimillonarios y millonarios en lo alto de la pirámide y cientos de millones de empobrecidos trabajadores, campesinos y emigrantes en la base.

La rápida acumulación de riqueza y capital de China ha sido posible a través de una intensa explotación de sus trabajadores a los que se despojó de sus anteriores redes de seguridad social y condiciones reguladas de trabajo que el comunismo garantizaba. Millones de hogares chinos han quedado desposeídos a fin de promover a los promotores/especuladores inmobiliarios que se han dedicado después a construir oficinas de alto nivel y apartamentos de lujo para las elites internas y extranjeras. Esos rasgos brutales de ascendente capitalismo chino han creado una fusión entre la lucha de las masas por un lugar de trabajo y por un espacio para vivir que es mayor cada año. El eslogan de los promotores/especuladores de “hacerse rico es maravilloso” ha perdido su capacidad de engañar a la gente. En 2011, había alrededor de 200.000 fábricas costeras urbanas que englobaban pueblos rurales. El próximo paso, que seguro se producirá, será la unificación de estas luchas en nuevos movimientos sociales nacionales con una agenda de clase exigiendo la restauración de los servicios educativos y sanitarios disfrutados bajo la era comunista así como una mayor porción de la riqueza de China. Las actuales demandas de mayores salarios pueden convertirse en demandas de mayor democracia en el lugar del trabajo. Para responder a estas demandas populares, los nuevos liberales compradores occidentalizados no pueden señalar hacia su “modelo” en el imperio estadounidense, donde sus trabajadores están inmersos en un proceso por el que les están despojando de los mismos beneficios que los trabajadores chinos están intentando recuperar.

China, asolada por un conflicto político y de profundización de los enfrentamientos de clase cada vez más profundo, no puede mantener su deriva hacia el liderazgo económico global. Las elites chinas no pueden afrontar la creciente amenaza militar imperial global de EEUU, con sus aliados compradores en la elite liberal interna, mientras en el país la sociedad está profundamente dividida con unas clases trabajadoras cada vez más hostiles. La época de explotación desenfrenada de la mano de obra china tiene que terminar para poder enfrentar el cerco militar estadounidense de China y el desbaratamiento económico de sus mercados en el exterior. China posee enormes recursos. Con más de 1.500 billones de dólares en reservas, China puede financiar un amplio programa sanitario y educativo nacional por todo el país.

China puede permitirse poner en marcha un “programa de vivienda pública” intensivo para los 250 millones de trabajadores que han emigrado del campo y que en la actualidad están viviendo en la miseria urbana. China puede imponer un sistema fiscal progresivo a sus nuevos multimillonarios y millonarios y financiar las pequeñas cooperativas agrícolas familiares y las industrias rurales a fin de reequilibrar la economía. Su programa de desarrollo de fuentes energéticas alternativas, como paneles solares y energía eólica, son un prometedor comienzo para abordar su grave contaminación medioambiental. La degradación del medio ambiente y los problemas relacionados con la salud están ya preocupando a decenas de millones de chinos. En última instancia, la mejor defensa de China contra las invasiones imperiales es un régimen estable basado en la justicia social para cientos de millones y una política exterior de apoyo a los movimientos y regímenes antiimperialistas en el exterior, cuya independencia es de vital interés para China. Lo que se necesita es una política proactiva basada en empresas mixtas mutuamente beneficiosas, incluida la solidaridad militar y diplomática. Hay ya un grupo pequeño, aunque influyente, de intelectuales chinos que están planteando la cuestión de la creciente amenaza militar estadounidense y están “diciendo no a la diplomacia de las cañoneras” [9].

La China moderna cuenta con multitud de recursos y oportunidades de los que no disponía la China del siglo XIX, cuando se vio subyugada por el Imperio británico. Si EEUU prosigue intensificando su política agresiva militarista contra China, Pekín puede poner en marcha una seria crisis fiscal inundando el mercado con varios de sus cientos de miles de millones de dólares en bonos del Tesoro estadounidense. China, una potencia nuclear, debería contactar con su vecina Rusia, armada y amenazada por igual, para enfrentar y frustrar los belicosos comentarios de la secretaria de estado Hillary Clinton. El próximo presidente ruso Putin ha prometido incrementar el gasto militar del 3% al 6% del PIB en la próxima década para contrarrestar la ofensiva de bases de misiles de Washington en las fronteras de Rusia y truncar los programas de “cambio de régimen” de Obama contra sus aliados, como en el caso de Siria [10].

China tiene redes poderosas comerciales, financieras e inversiones por todo el planeta así como potentes socios económicos. Estos lazos se han convertido en algo esencial para el crecimiento continuado de muchos países en el mundo en desarrollo. Al enfrentarse a China, EEUU tendrá que enfrentar la oposición de muchas elites poderosas de mercado por todo el mundo. Pocos países o elites pensarían en vincular en el futuro sus fortunas con un imperio económicamente inestable y basado en el militarismo y en destructivas ocupaciones coloniales.

Es decir, la China moderna, como potencia mundial, es incomparablemente más fuerte que a principios del siglo XVIII. EEUU no tiene el apalancamiento colonial que el ascendente Imperio británico poseía en el período previo a las Guerras del Opio. Además, muchos intelectuales chinos y la inmensa mayoría de sus ciudadanos no tienen la intención de aceptar que los actuales “compradores occidentalizados” vendan el país. Nada aceleraría más la polarización política en la sociedad china y adelantaría la llegada de una segunda revolución social china que unos dirigentes pacatos sometiéndose a una nueva era de pillaje imperial de Occidente.

Notas:

[1] John Hobson, “The Eastern Origins of Western Civilization” (Cambridge UK: Cambridge University Press 2004).

[2] Ibid, Ch. 9 pp. 190-218.

[3] Ibid, Ch. 11, pp. 244-248.

[4] Richard Gott, “Britain’s Empire: Resistance, Repression and Revolt” (London: Verso 2011) for a detailed historical chronicle of the savagery accompanying Britain’s colonial empire.

[5] Hobson, pp. 253 – 256.

[6] Katrina Manson, “South Sudan puts Beijing’s policies to the test”, Financial Times, 21.02.201 2, p. 5.

[7] Interview of Clinton, NPR, 26.02.12.

[8] La Jornada, 15.02.2012 (Mexico City).

[9] China Daily (20.02.20 12).

[10] Charles Clover, “Putin vows huge boost in defense spending”, Financial Times, 12.02.2012.

Otros artículos de la República Popular China en Pueblo Trabajador Andaluz:

El papel internacional de China (KKE)





viernes, 1 de julio de 2011

"Capitalismo y lucha de clases" y el "Informe Petras"




Terminamos el mes con la publicación de dos textos del sociólogo revolucionario norteamericano James Petras, el primero con el título "Capitalismo y lucha de clases" y el segundo es el llamado "Informe Petras". En el primero, de reciente publicación, analiza desde una óptica marxista y antiimperialista la situación actual de estados como el español, el griego o los Estados Unidos, haciendo énfasis sobre el papel que juegan los mercados, las clases dominantes y la banca en las actuales crisis que azotan a los pueblos trabajadores. La importancia de la lucha de clases y el desencadenamiento de luchas rupturistas que pongan contra las cuerdas a las clases explotadoras. La actitud ofensiva del Capital y la escasa respuesta social, así como la debilidad estratégica y analítica de una izquierda internacional a la defensiva ante los retrocesos socio-laborales y la radicalización política.

El "Informe Petras" fue encargado al profesor norteamericano a mediados de los 90 del pasado siglo por el CSIC (Centro Superior de Investigaciones Científicas) en momentos del gobierno de Felipe González. Tras la entrega del informe al CSIC, éste no fue publicado, ya que la realidad que ofrecía no era nada positiva para el gobierno neo-liberal que se encontraba en la gobernanza del Estado Español. El documento, pese a situarse en el conjunto estatal y escorado especialmente hacia el núcleo industrial catalán, ofrece una visión esclarecedora sobre los procesos de liberalización de la economía estatal y de inserción en la entonces Comunidad Europea, dando lugar a profundos retrocesos en los derechos y circunstancias laborales; así como agudizando las desigualdades sociales y la supremacía y poder total de los mercados y el Capital sobre la clase obrera. En definitiva, este proceso supuso el progresivo desmantelamiento de la industria, agricultura y minería local, y la "apertura" a los mercados extranjeros que se veían beneficiados por las políticas capitalistas del PSOE.

Recomendamos su lectura y análisis para los/as marxistas-leninistas andaluces/zas, ya que ambos textos refuerzan las tesis marxistas de que no hay revolución ni transformación social sin una previa toma de conciencia, organización y praxis revolucionaria. No valen las fórmulas "postmodernas" ni los movimientos espontaneístas, sólo la lucha de clases puede debilitar al Estado Capitalista y hacer posible la toma del poder por parte del Pueblo Trabajador Andaluz.

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Capitalismo y lucha de clases

Introducción 

La lucha de clases sigue desempeñando un papel central en el proceso de acumulación capitalista, si bien adopta formas diferentes en función del contexto socioeconómico. Para cartografiar el despliegue de la lucha de clases es preciso especificar algunos conceptos fundamentales relacionados con (a) las diversas condiciones y los sectores dominantes del capital en la economía global, (b) la naturaleza de la lucha de clases, (c) los principales protagonistas de las luchas de clases, (d) la naturaleza de las reivindicaciones que hace y (e) las luchas masivas.

La acumulación capitalista se desarrolla siguiendo una pauta muy desigual, lo que tiene consecuencias importantes sobre la naturaleza e intensidad de la lucha de clases. Además, las reacciones concretas de los trabajadores y, sobre todo, del Estado capitalista hacia la situación general de la economía han dado forma al grado de intensificación de la lucha de clases y de la ofensiva de los dos «polos» principales (capital y mano de obra).

Aclaraciones conceptuales

Al analizar el capitalismo contemporáneo, la diferencia más llamativa reside en tres situaciones radicalmente distintas del sistema capitalista, que corresponden a los países que experimentan (a) altas tasas de crecimiento, (b) estancamiento y (c) una crisis profunda.

Los países capitalistas con tasas de crecimiento elevadas se dividen con claridad entre los que (a) viven del auge de las materias primas y son exportadores sobre todo de productos agrarios y recursos energéticos y mineros, situados en su mayoría en África y América Latina o (b) son exportadores de manufacturas, fundamentalmente en Asia (China, India y Corea del Sur).

Las crisis económicas se pueden clasificar, a su vez, en tres grupos. 

(a) Las de las economías de recuperación rápida, entre las que se encuentran las de Alemania y los países nórdicos que, después de caer en picado hasta cifras de crecimiento negativo han aumentado las exportaciones industriales y crecen con rapidez desde 2010.

(b) Las de las economías de recuperación lenta o estancadas, a las que pertenecen las de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia e Italia, que han tocado fondo, han recuperado los beneficios, sobre todo en el sector financiero, pero han hecho pocos o ningún progreso en la reducción del desempleo, el aumento de la producción de manufacturas y el crecimiento general.

(c) Las crisis económicas prolongadas y profundas, como las de Portugal, España, Grecia, los países bálticos y los balcánicos, que están en quiebra, donde el desempleo ha alcanzado cifras de dos dígitos (entre el 15 y el 20 por ciento) y el crecimiento es negativo. Arrastran una carga de deuda muy fuerte y están implantando programas de austeridad estrictos concebidos para prolongar su depresión económica en los próximos años.
Exactamente igual que hay pautas desiguales de desarrollo capitalista, también las hay con relación a la lucha de clases. Hay varios conceptos fundamentales que es preciso tener en cuenta para analizar la lucha de clases.

En primer lugar, hay que apreciar la distinción entre lucha «de clases» y lucha «masiva». En América Latina hay muchos ejemplos de luchas multisectoriales, de trabajadores, campesinos o empleados del sector público encabezadas por organizaciones enraizadas en clases sociales. A veces, esos movimientos de clase se convierten en «luchas masivas» que incorporan a otros grupos heterogéneos (vendedores ambulantes, trabajadores autónomos, etc.). Las revueltas árabes actuales son, en su mayoría, luchas masivas que, en términos generales, carecen de organizaciones o liderazgo de clase o, en algunos casos, están encabezadas por «organizaciones juveniles» o «religiosas».

En segundo lugar, hay una diferencia entre luchas de clases «ofensivas» y «defensivas», en las que las organizaciones luchan por ampliar sus derechos sociales y elevar los salarios o combaten para preservar o limitar las pérdidas salariales o de poder adquisitivo.

La lucha de clases es una actividad que se libra en dos sentidos: mientras que los trabajadores y otras clases explotadas luchan desde abajo, las clases gobernantes y sus Estados entablan la lucha de clases desde arriba para incrementar sus beneficios, la productividad y el poder.

La lucha de clases adopta diversas formas. La mayoría de las luchas de clases de nuestros días son por «cuestiones económicas», incluida la de reclamar una parte cada vez mayor de la renta nacional. Hace media década, por toda América Latina, como sucede hoy en los países árabes, la lucha de clases o de masas era principalmente política, librada para derrocar a los gobiernos neoliberales opresivos y represivos.

Pertrechados con estos conceptos, podemos pasar a analizar la relación entre países y regiones en crisis o en crecimiento de diferente grado y su relación con los diferentes grados y tipos de lucha de clases.

Desarrollo dispar y lucha de clases

Los países que gozan de elevadas tasas de crecimiento, ya sea en Asia apoyándose en las manufacturas o en América Latina gracias al auge de la exportación de recursos agrarios y mineros, viven una lucha de clases económica cada vez más ofensiva por el reparto de un pedazo mayor de la tarta del crecimiento económico. En China, por las presiones emanadas desde abajo, los salarios han experimentado en la última década (1) un incremento superior al 10 por ciento y, en algunas regiones, al 20 por ciento, mientras que en América Latina, los trabajadores de Bolivia y otros lugares exigen más del 10 por ciento. (2) En buena medida, las tasas de crecimiento elevadas van acompañadas de una inflación (3) que deteriora los incrementos nominales concedidos por el Estado y los empleadores. Resultan especialmente provocativos los aumentos acusados del precio de los alimentos básicos, la energía y el transporte, que inciden directamente en la vida cotidiana de los trabajadores.

Una de las señales más prometedoras del avance de la lucha de clases son las conquistas socioeconómicas reales y sustanciales obtenidas por los trabajadores en América Latina durante la pasada década . En Argentina, el desempleo ha descendido de más del 20 por ciento a menos del 7 por ciento, los salarios reales han aumentado más de un 15 por ciento, el salario mínimo, las pensiones y las coberturas médicas han aumentado sustancialmente y la afiliación sindical también se ha incrementado. A menor escala se han producido procesos similares en Brasil: el desempleo ha caído desde el 10 por ciento hasta el 6,5 por ciento (marzo de 2011), el salario mínimo ha aumentado más de un 50 por ciento en los últimos 8 años y varios centenares de grandes fincas han sido ocupadas y expropiadas gracias a la acción directa del Movimiento de los Sin Tierra. Mientras que la política revolucionaria social ha decaído en América Latina desde mediados de la década de 2000, la lucha de clases económica ha conseguido arrancar reformas sustanciales que mejoran los medios de vida de la clase trabajadora e imponen algunas restricciones a la explotación rapaz de la mano de obra por parte del liberalismo, en marcado contraste con lo que está sucediendo en la América anglófona y Europa meridional.

En los estancados países imperiales «desarrollados», el Estado se ha dedicado a descargar la totalidad del coste de la «recuperación» sobre las espaldas de los trabajadores y los empleados públicos a base de reducir puestos de trabajo, salarios y prestaciones sociales, mientras los banqueros y las élites empresariales se enriquecen. Estados Unidos, Inglaterra y Francia han sido testigos de una punzante ofensiva de clase desde arriba que, ante la débil oposición de unos aparatos sindicales menguados y burocratizados, ha invertido en buena medida el curso de muchas conquistas sociales anteriores de los trabajadores. (4) En esencia, las luchas de los trabajadores son defensivas y tratan de limitar los retrocesos, pero carecen de la organización política para contraatacar las medidas presupuestarias reaccionarias que recortan los programas sociales y reducen los impuestos a los ricos, con lo que han ensanchado las desigualdades de clase.

Las luchas de clase más intensas han tenido lugar en los países que sufren la crisis económica con mayor profundidad, a saber: Grecia, España, Irlanda y Portugal. Allí, la clase gobernante ha invertido el curso de medio siglo de conquistas sociales y salariales en el lapso de tres años con el fin de cumplir con los criterios de los banqueros occidentales y el FMI. La ofensiva de clase desde arriba encabezada por el Estado ha recibido por respuesta una serie de huelgas generales, manifestaciones muy concurridas y docenas de protestas, sin éxito ninguno. (5) La élite estatal-empresarial, encabezada en la mayoría de los casos por políticos socialdemócratas, ha privatizado empresas públicas, reducido millones de empleos públicos, elevado el desempleo a cotas históricas (20 por ciento en España, 15 por ciento en Grecia y 13 por ciento en Portugal e Irlanda) y canalizado decenas de miles de millones de dólares para pagar la deuda. (6)
La clase dominante ha aprovechado la crisis como arma para reducir costes laborales, lo que ha transferido rentas al 5 por ciento más rico de la pirámide social y aumentado la productividad sin reactivar el conjunto de la economía. El PNB sigue siendo «negativo» para el futuro a corto plazo, mientras que la austeridad debilita la demanda nacional y el pago de la deuda socava las inversiones locales para reactivar la economía.
La crisis política de los regímenes árabes clientes, rentistas, autócratas y corruptos se manifiesta en los movimientos democráticos populares masivos, a la ofensiva, que han derrocado a los gobiernos de Egipto y Túnez, para empezar, y están desafiando al aparato estatal pro imperial. (7) En Egipto y Túnez, las autocracias pro imperiales fueron depuestas, pero los nuevos regímenes democráticos populares que son reflejo de los nuevos protagonistas masivos del cambio político todavía tienen que tomar el poder. En el resto del mundo árabe, las revueltas generalizadas de Yemen, Bahrein, Argelia, Jordania, Siria y otros lugares se han manifestado con dureza contra las autocracias imperiales armadas levantando el fantasma de los cambios democráticos y socioeconómicos.

Las potencias imperiales estadounidense y de la Unión Europea, desprevenidas en un principio, se han lanzado al contraataque interviniendo en Libia, respaldando a la junta militar en Egipto y tratando de imponer «nuevos» regímenes colaboracionistas para impedir una transición democrática. (8) La lucha de masas, influida por fuerzas islámicas y seculares, tienen un programa definido de rechazo del statu quo pero, como carecen de liderazgo de clase, no han sido capaces de plantear una estructura político-económica alternativa más allá de las vagas nociones de «democracia». (9)

En resumen, el crecimiento acompañado de un rápido incremento de la renta nacional y el renacer de la inflación ha propiciado mucho más la lucha de clases ofensiva desde abajo que la «crisis» o el «estancamiento» que, en el mejor de los casos, ha ido acompañado de luchas «defensivas» o de retaguardia. En parte, la teoría de la «privación relativa» parece ajustarse a la idea de la intensificación de la lucha de clases, salvo que el tipo de lucha es principalmente «economicista» y no tanto contra el Estado per se. Además, los métodos de lucha suelen ser huelgas para reclamar aumentos salariales. Este detalle es más evidente en Argentina, Brasil, Chile y Perú, donde se han producido enfrentamientos intensos en torno a exigencias economicistas muy limitadas. La excepción son las luchas indígenas basadas en comunidades de Perú y Ecuador contra el Estado y la explotación y contaminación de tierras, aire y agua por parte de compañías mineras extranjeras.

En todo caso, es preciso hacer varias salvedades. La lucha obrera en Bolivia, que ha experimentado un auge y crecimiento muy dinámicos de las exportaciones de recursos agrarios y mineros, ha convocado una huelga general de diez días por los salarios (del 6 al 16 de abril de 2011). (10) La extensión de la huelga en el tiempo ha convertido en «políticas» algunas cuestiones planteadas en torno a la autoridad del gobierno de Morales en algunos sectores. En parte se debe a que los aumentos salariales los fija el gobierno. Según la principal organización sindical (COB), los aumentos planteados por el gobierno quedaban por debajo de la subida de los precios de la cesta de la compra de alimentos básicos para las familias. Por tanto, lo que empezó siendo una lucha económica se acabó politizando. Asimismo, en el caso de Perú, con una economía de exportación de recursos minerales muy activa, el gobierno neoliberal de García ha tenido que hacer frente a reivindicaciones económicas y ecológicas muy incisivas de los mineros y las comunidades indígenas. Durante la campaña de las elecciones presidenciales de 2011, la lucha ha adquirido un marcado tinte político cuando gran variedad de votantes de la clase obrera y campesina ha apoyado a la candidata de centro-izquierda, Humala. (11) En los países con tasas de crecimiento elevadas dependientes de grandes empresas mineras de titularidad extranjera y con comunidades indígenas importantes, el conflicto de clase se ha dado cita con demandas ecológicas, de clase, nacionalistas y étnicas.

Dicho de otro modo, la diferenciación expuesta más arriba entre luchas de clases ofensivas o defensivas y económicas o políticas son variables, pues sufren cambios a medida que la lucha y su contexto varían.
La espectacular intensificación de la lucha de clases en China, con su alta tasa de crecimiento, refleja la cada vez mayor escasez en las regiones del litoral, los inmensos beneficios obtenidos por una nueva clase de multimillonarios, la intensa explotación de la mano de obra y la aparición de una «nueva generación» de mano de obra joven que tiene más opciones que trabajar en una «única factoría». (12) La «socialización» de las grandes concentraciones de trabajadores en grandes fábricas, muy cerca unos de otros, facilita la acción colectiva. La agudización de las desigualdades, sobre todo ante el crecimiento acelerado de los más ricos vinculado a la corrupción de los cargos públicos y ante la falta de respuesta de unos sindicalistas controlados por el Estado, ha dado pie a la acción directa «espontánea» de clase. (13) El impacto radicalizador causado por la inflación queda de manifiesto en el estallido de una huelga masiva de camioneros en el puerto más grande de China, el de Baoshan, en Shanghai: los trabajadores protestaban por el aumento del precio del combustible y las tasas portuarias. Según una información, «las autoridades chinas han advertido que la escalada de precios, la inflación galopante y la corrupción de los cargos públicos plantean la amenaza más importante para el gobierno del Partido Comunista (The Financial Times, 23 y 24 de abril de 2011, p. 1).
Las luchas sindicales con orientación política han pasado a ocupar un primer plano hace poco en Venezuela, donde el gobierno de Chávez ha resaltado la «satisfacción de los trabajadores» de la «revolución socialista bolivariana». El hecho ha animado a los trabajadores a convocar huelgas en empresas privadas para reclamar la expropiación de los capitalistas intransigentes y cambios en la dirección de empresas públicas donde se sustituya a tecnócratas y burócratas por trabajadores. (14)

La lucha de clase menos desarrollada es la de los «estancados» Estados Unidos. La mezcla de baja densidad sindical (el 93 por ciento de los trabajadores del sector privado no está sindicado), legislación laboral muy represiva y dirección sindical enriquecida y autoperpetuada en sus cargos y absolutamente dependiente del capitalismo del Partido Demócrata inhibe el crecimiento de la conciencia de clase, exceptuando «bolsas» de resistencia muy locales. (15) La erosión acelerada de los salarios se ha unido a la intensificación de la explotación (menos trabajadores para elevar la producción) y a la destrucción de los últimos vestigios de la protección social (coberturas sociales y asistencia sanitaria para la población mayor de 65 años). (16)
Se podría replicar que la renta per cápita alta no es por si sola un motivo suficiente para presuponer el debilitamiento de la lucha de clases, puesto que en Francia e Italia ha habido más huelgas generales que en Inglaterra aun cuando la renta per cápita sea más elevada. Lo fundamental son los vínculos institucionales entre, por una parte, sindicatos y partidos laboristas o socialdemócratas y, por otra, la libre constitución de asambleas de trabajadores en empresas y centros de trabajo. En Estados Unidos y el Reino Unido, el estancamiento y la reacción guardan relación con la subordinación de los trabajadores a los partidos demócratas o socialdemócratas neoliberales; mientras que en Francia e Italia los sindicatos mantienen lazos más estrechos con las asambleas de las fábricas y conservan un mayor grado de autonomía de clase. (17)
Dicho de otro modo: no hay ninguna regla inamovible que vincule determinadas formas de lucha de clases con el dinamismo o estancamiento de la economía; lo que es preciso tener en cuenta es el grado de organización independiente y de clase capaz de elevar el tono de la lucha en medio de unos cambios económicos y políticos muy volubles.

Imperialismo, intercapitalismo y lucha de clases

Pese a la crisis económica de 2007-2009, que ha afectado a la mayoría, pero no a la totalidad, de los centros capitalistas neoliberales más importantes, la clase capitalista de Europa y Norteamérica ha acabado más fuerte que nunca. Las posteriores recomendaciones establecidas por el Fondo Monetario Internacional, los principales bancos crediticios privados y los bancos centrales, la totalidad de la carga del pago de las deudas, el déficit fiscal y los desequilibrios comerciales cometidos por los gobiernos neoliberales, han recaído sobre las espaldas de las clases trabajadoras y asalariadas. En toda la «periferia» de Europa meridional y oriental se han aplicado medidas semejantes de austeridad selectiva para las distintas clases sociales. El resultado ha sido la reestructuración radical de pensiones, salarios y relaciones sociales de producción: el conjunto de relaciones de clase con el Estado. En consecuencia se ha producido una auténtica contrarrevolución socioeconómica «pacífica con las urnas» y desde arriba que intensifica la explotación de la mano de obra por parte del capital al tiempo que concentra las rentas del 10 por ciento más rico de la pirámide social.
Ante el aumento de la competitividad del BRIC (sobre todo de China) (18) y los países industrializados de Asia, así como el incremento de los precios de las materias primas, los países imperiales de Estados Unidos y Europa han recurrido a buscar la «competitividad» a través de la explotación en sus países, el aumento del saqueo de las arcas públicas y las guerras imperiales.

Sin embargo, esta competencia intercapitalista está produciendo el efecto contrario: está aumentando los ingresos de los trabajadores del BRIC y reduciendo el nivel de vida en los núcleos imperiales consolidados. La explicación reside en que el BRIC invierte en la economía productiva mientras que los centros imperiales despilfarran billones de dólares en actividades militares y especulativas. (19)

Deberíamos hacer una salvedad en relación con la competitividad entre los países imperiales y los del BRIC, en la medida en que hay millares de hilos financieros, comerciales, tecnológicos y manufactureros que los vinculan. Sin embargo, los conflictos entre las formaciones sociales son reales, como lo son la naturaleza de las fisuras de clase internas y sus diferentes configuraciones. El imperialismo, tal como se ejerce hoy día, es una lacra para los avances de la clase trabajadora. (20) Por el momento, la dinámica interna de las potencias económicas en ascenso parece capacitarlos para financiar el crecimiento en el interior a base de expandir el comercio exterior y realizar concesiones salariales a las clases trabajadoras emergentes que exigen un pedazo mayor del creciente pastel de los ingresos.

Conclusión

Aunque, en apariencia, hay un declive de la lucha de clases política revolucionaria desde abajo, hay potencial para que las luchas económicas se vuelvan políticas a medida en que la inflación vaya erosionando las conquistas y los dirigentes políticos establezcan «orientaciones» rígidas sobre los progresos salariales. En segundo lugar, como ilustra el caso de Venezuela, los dirigentes políticos pueden crear las condiciones que favorezcan el paso de la lucha de clases económica a la política.

La lucha de clases política más dinámica en la actualidad emana desde arriba: el ataque sistemático contra los salarios, la legislación social, el empleo y las condiciones de trabajo lanzado en Estados Unidos, España, Grecia, Irlanda, Portugal, Inglaterra y los Estados bálticos y balcánicos. Allí la crisis económica todavía tiene que precipitar revueltas masivas; en cambio, vemos acciones defensivas o, incluso, huelgas a gran escala que tratan de defender las conquistas históricas. Ha sido una lucha desigual allá donde la clase capitalista ostenta influencias institucionales políticas y económicas respaldadas por el poderío internacional de los bancos y los Estados imperiales. La clase trabajadora dispone de muy poca solidaridad internacional comparable. (21) Las señales más valiosas de la lucha de clases global se encuentran en la acción directa activa de la clase trabajadora latinoamericana y asiática. Sus conquistas económicas sostenidas han supuesto el fortalecimiento del poder y la organización de clase. Además, los trabajadores pueden inspirarse en tradiciones revolucionarias para sentar las bases del relanzamiento de un nuevo proyecto socialista. (22) ¿Qué podría hacer estallar una andanada de guerras de clases políticas y económicas desde abajo? La reaparición de la inflación, la recesión y la represión o el incesante aumento de los recortes podría obligar a la mano de obra a actuar de forma independiente y contra el Estado, la encarnación de este periodo regresivo.


Notas

(1) Sobre las luchas de clase en China, véase «Workers call the tune», The Financial Times, 22 de febrero de 2011, p. 3, así como The Financial Times, 16 de febrero de 2011, «Chinese wages increased 12% between 2000-2009 according to the ILO».
(2) La Jornada, 8 de abril de 2011; la Central Obrera Boliviana exigía un incremento salarial del 15 por ciento. En el año 2010, Bolivia alcanzó la cifra de conflictos más elevada de los últimos 41 años, El País, 16 de abril de 2011.
(3) «Emerging markets inflation surge», The Financial Times, 14 de abril de 2011, p. 1. «Beijing poised to let renminbi rise to fight inflation», The Financial Times, 17 de abril de 2001, p. 3.
(4) Compárese lo publicado por The New York Times sobre el presupuesto para el año fiscal 2012 de Obama los días 13 de abril de 2011 y 14 de abril de 2011. El último discurso presupuestario subraya que los recortes de 4 billones de dólares en los últimos 10 años afectan sobre todo a las coberturas sociales, una concesión importante a los extremistas de la derecha republicana.
(5) Los trabajadores griegos han convocado seis huelgas generales entre los años 2009 y 2011. Véase el semanario ateniense DROMOS («La Carretera») durante ese periodo. Los trabajadores españoles convocaron dos huelgas en el año 2010. Los portugueses una e Irlanda, una manifestación importante.
(6) Datos extraídos de los informes sobre empleo de los años 2010 y 2011 de la Organización Internacional del Trabajo
(7) Véase Al Jazeera, en los meses de febrero y marzo de 2011. Sobre el papel represivo de la nueva junta militar, véase Al Jazeera, 7 de abril de 2011.
(8) Reuters, 14 de febrero de 2011. Las maniobras de Washington entre bambalinas para situar como jefe de la junta al antiguo militar fiel a Mubarak, el mariscal de campo Tatawi, son un ejemplo evidente.
(9) La incapacidad de los movimientos sociales árabes para tomar el poder del Estado es repetición de un problema similar padecido a principios de la década en América Latina. Véase James Petras y Henry Veltmeyer, Social Movements and State Power (Londres: Pluto, 2005).
(10) Sobre la huelga general de Bolivia, véase «Central Obrera declara huelga general», La Jornada (Ciudad de México), 8 y 16 de abril de 2011.
(11) Sobre la primera ronda de las elecciones presidenciales peruanas y la ganadora populista de centro-izquierda Ollanta Humala, véase BBC, «Peru facing polarizing election as populists face off», 12 de abril de 2011.
(12) Según una fuente, «el aumento de los costes de la mano de obra son un problema [en China]. Hay oportunidades de empleo en todas partes, hay una necesidad mucho menor de emigrar», The Financial Times, 8 de marzo de 2011, p. 22.
(13) Sobre los multimillonarios chinos, véase Forbes, marzo de 2011. Como consecuencia de «un rosario de disputas producidas entre mayo y agosto [de 2010], los empleadores padecieron huelgas y otros problemas. La situación desembocó en aumentos de salarios notables, un 30 por ciento de incremento en el fabricante taiwanés de manufacturas Foxcomm» The Financial Times, 16 de febrero de 2011, p. 3.
(14) Correo de Orinoco, Caracas, Venezuela (edición semanal en inglés), 3-9 de abril de 2010.
(15) La huelga general de los trabajadores del sector público de Winsconsin en marzo de 2011 fue la excepción a la regla, la primera de esta naturaleza, y fue inducida por el gobernador republicano y por la abolición efectiva por parte de la cámara legislativa de los derechos de negociación colectiva. Salvo una huelga de un día de los sindicatos de la extensa costa de San Francisco y unas cuantas protestas esporádicas en otros estados, la federación de trabajadores estadounidense AFL-CIO no ha convocado una sola manifestación pública a escala nacional, prefiriendo más bien depender de los miles de millones de dólares de financiación de los políticos demócratas.
(16) El congresista Ryan, republicano, ha propuesto privatizar la seguridad social y el programa de atención sanitaria a ancianos (Medicare), así como reducir drásticamente el gasto de atención sanitaria a los pobres y los discapacitados. El presidente Obama respondió con su versión de recortes sociales regresivos a una escala un tanto menor, pero en idéntica dirección. Véase el discurso de Obama al pueblo estadounidense, comunicado de prensa de la Casa Blanca, 3 de abril de 2011. The New York Times, 14 de abril de 2011, p. 1.
(17) Conversaciones con delegados sindicales y con Luciano Vasapolla, secretario del movimiento sindical militante italiano «Reto di communisti», Roma, Italia, 1 de mayo de 2009.
(18) Acrónimo con el que se alude a Brasil, Rusia, India y China». (N. del T.)
(19) Sobre el impacto negativo de la financialización del capital y del gasto militar sobre la economía productiva, véase Michael Chossudovsky y Andrew Gavin Marshall, eds., The Global Economic Crises (Montreal: Global Research 2010), especialmente los capítulos 3, pp. 72-101, y 9, pp. 181-211.
(20) Para una exposición más clara de la relación del imperialismo con la decadencia en el interior de los países, véase James Petras y Morris Morley, Empire or Republic? American Global Power and Domestic Decay (New York: Routledge, 1995).
(21) El «Foro Social Mundial» y otros «foros de izquierda» semejantes son, en esencia, ocasiones para que las clases parlantes compuestas por académicos y miembros de ONG pronuncien discursos. En la mayor parte de los casos, las fundaciones y patrocinadores les prohíben expresamente adoptar una posición política y, menos aún, organizar el apoyo material para las luchas de clase vigentes. Ninguna de las principales huelgas generales de la clase trabajadora de Europa, América Latina o Asia ha recibido jamás apoyo material de los eternos asistentes a los foros de izquierda. El declive del internacionalismo obrero no ha sido sustituido en modo alguno por las reuniones internacionales de estas fuerzas dispares.
(22) Pese a la demonización de la Revolución Cultural y social en China e Indochina, muchos gerentes, dirigentes de partidos políticos e, incluso, intelectuales liberales son conscientes de las consecuencias de «llevar demasiado lejos la lucha de clases», y las temen. En América Latina, el legado de procesos revolucionarios anteriores y el ejemplo de Cuba y Venezuela siguen ejerciendo de herencia viva para las luchas revolucionarias.