martes, 13 de diciembre de 2011

La ética revolucionaria de Blas Infante







El Pueblo Trabajador Andaluz ha sido víctima doblemente del regionalismo pequeñoburgués, con sus limitaciones políticas, y del nacionalismo español, en sus múltiples expresiones políticas. Ambos han deformado y reconstruído la historía de Andalucía y de sus mejores luchadores/as a conveniencia de los intereses del aristocrático-burgués estado español y de sus valedores internacionales. Uno de estos luchadores ha sido Blas Infante. 
 
Por ello traemos a colación un trabajo publicado recientemente en el número 55 de la revista Independencia titulado "La ética revolucionaria de Blas Infante" de Carlos Ríos. Un texto que sitúa a Blas Infante, su vivencia revolucionaria, la complejidad de su pensamiento, en una perspectiva doble: en el contexto revolucionario internacional de su época y en la línea de luchadores antiimperialistas que ha dado el siglo XX. Reflexión imprescindible para conocer un fragmento esencial de la lucha por la liberación de Andalucía y su pueblo trabajador.

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LA ÉTICA REVOLUCIONARIA EN BLAS INFANTE

Sirvan estas páginas para destacar una de las facetas que más llaman la atención del pensamiento de Blas Infante: la dimensión ética y moral que para él ha de tener la nueva sociedad. Este aspecto, central en las concepciones políticas del protosocialismo infantista, es desarrollado por Blas Infante de forma amplia. Especialmente en su obra “La dictadura pedagógica”, aunque es una constante que atraviesa todo el pensamiento infantiano. Una constante de marcado carácter rupturista, que entronca de forma directa con las reflexiones que desde el marxismo realizó Ernesto “Che” Guevara sobre la ética de la Revolución y el revolucionario.

ASPIRANTES A SER COMUNISTAS...

En ocasiones, Blas Infante ha sido considerado injustamente como un  político burgués por parte de la izquierda españolista y cegata. Su programa político tiene como eje central de reflexión la consideración de Andalucía como un sujeto colectivo con un devenir histórico propio y determinado. El análisis de una realidad concreta y unas circunstancias concretas. Lo expresa en una entrevista en el año 1919: 

“Nosotros venimos a vaciar nuestras ideas y sentimientos en los moldes del dolor de nuestra Andalucía hambrienta y vilipendiada, esclava de caciques y prostituta de toreros. Y de esos moldes salieron construidos nuestra doctrina, nuestra organización y nuestro programa. “

Aplíquesele al notario de Casares el beneficio de la duda al menos y adentrémonos en su pensamiento político muy alejado del que nos ha querido vender el sistema.

El Blas Infante burgués, tan querido y propagado por el régimen actual, es falso. Aquellos que lo falsearon, fueron en primera instancia el andalucismo regionalista predominante en los años 80, que pretendían acomodar la obra del andaluz de Casares a su proyecto institucional, regionalista y social-liberal. Moldearon y recortaron el pensamiento infantista. Como en el mito griego del lecho de Procusto, alargaron aquello que les interesaba y mutilaron lo que “sobraba”, lo que no les interesaba. Ante esta situación el nacionalismo español las tenía todas consigo para arrinconar a Blas Infante en un párrafo final de los libros de historia de los escolares andaluces.

 El proyecto infantista fue esencialmente transformador, revolucionario. Si tuviera que juzgar el carácter de su obra y su programa, me acogería gustoso a la reflexión de Ernesto Guevara cuando analiza la ideología de la Revolución cubana:

“la Revolución puede hacerse si se interpreta correctamente la realidad histórica y se utilizan correctamente las fuerzas que interviene en ella, aún sin conocer la teoría “.

El andalucismo de Infante es revolucionario y popular. Por mucho que desde el poder y las instituciones se pretenda mostrar al Padre de la Patria Andaluza como un elemento descafeinado y burgués, Infante se identifica inequívocamente con la aspiración a una sociedad nueva, una sociedad comunista. En sus trabajos distingue, profundizando el significado de llamarse comunista, entre dos tipos de comunistas:

“hay dos clases de comunistas, la de aquellos que aspiran, mediante el esfuerzo propio a engrandecer su vida para darla toda a la comunidad; y la de aquellos  que esperan en que una colectividad, formalmente comunista, venga  a satisfacer las exigencias de su propia vida individual... ...Comunistas que aspiran a dar y comunistas que aspiran a recibir.”

Introduce aquí una diferencia entre el sujeto partidario de un nuevo modelo de organización social por las necesidades materiales más inmediatas y evidentes y los elementos de vanguardia. Los militantes que de forma premeditada, consciente y planificada sostienen una actividad política durante décadas para preparar al momento revolucionario por una parte y por otra al pueblo que hace las revoluciones y tumba tiranos que ha soportado durante años. Infante se sitúa entre los comunistas que aspiran a recibir siguiendo sus propias palabras:

“Somos o aspiramos a ser comunistas de la primera especie. Y decimos, aspiramos a ser, porque nuestra modestia se resiste a conferirnos con este nombre de comunistas, expresión cuyo concepto verdadero es la esencia de una pura y excelsa santidad”

La expresión vislumbra la consideración del proyecto revolucionario que tiene Infante, que se adelanta a su tiempo dándole el peso que requiere a los aspectos éticos de la acción transformadora. El ser comunista implica para él una entrega a lo colectivo que califica de santidad. Por ello se  atribuye el título de aspirante a comunista de esta especie. Ernesto “Che” Guevara hablándole a la juventud cubana cuatro décadas después, también elige curiosamente la misma denominación para sí mismo:

“Acordarse, como debemos acordarnos nosotros, aspirantes a comunistas aquí en Cuba, que es un ejemplo real y palpable para toda nuestra América, y más aún que para nuestra América, para otros países del mundo que luchan también en otros continentes por su libertad, contra el colonialismo, contra el neocolonialismo.”

En los inicios de los años 20 no oculta Infante sus críticas con los primeros pasos vacilantes de la Revolución de Octubre, que es acechada por los gobiernos burgueses del planeta como el primer gobierno de “los desheredados”. Ve la misma con recelo, ante la lentitud de las transformaciones que el país de los soviets pone en marcha. Manifiesta su desacuerdo con las primeras medidas de 1918 que considera insuficientes, especialmente las referidas al mantenimiento inicial de la estructura de la propiedad:

“La Dictadura del Proletariado por conservarse, en vez de operar la socialización fundamental; esto es, la de las tierras, individualiza de hecho, formas colectivas de la propiedad como la zadruga y el mir... ... porque las tierras de aquellas instituciones, así como grandes propiedades nacionalizadas, fueron repartidas en porciones entre soldados y campesinos. “

La postura, más allá del extenso debate acerca de los rumbos primigenios de la sociedad soviética y las circunstancias internas e internacionales que los condicionaron, sitúa a nuestro personaje en una postura abiertamente partidaria de la colectivización inmediata. Porque para el Blas Infante que existió realmente la necesidad de revolucionar la estructura de la propiedad de la tierra es constante e imprescindible. La tierra para el Pueblo Trabajador Andaluz en un sentido económico, pero también profundamente político. En fechas aún iniciales de su actividad política, aproximadamente en 1915, escribe:

“Del solar andaluz ha de manar, principalmente, la vida de Andalucía, que fue grande cuando su solar fue espléndido y hermoso. Y para que vuelva a serlo hay que arrancarlo al actual régimen tiránico de propiedad; tomarlo de los señores que, en horrible experiencia de lustros de siglos, han demostrado convierte su acción en eriales y desiertos, los pobres campos que hoy sienten la nostalgia de sus galas de jardines, y nacionalizarlo o regionalizarlo; es decir, entregarlo al pueblo, para que, del mismo modo que en felices edades pasadas, lo ame y fecunde. “ 

La interpretación de la realidad histórica andaluza hecha por Infante lo lleva no solo a criticar las medidas de Lenin sino que apela a la acción política entre sus coetáneos. De forma coherente llama  a la ejecución de lo que considera “el paso primero” previo a cualquier otra medida política a tomar en Andalucía. La conferencia que pronuncia en 1916 en el Centro Obrero Socialista, en la calle Cruz Verde de Sevilla, es reveladora de ese orden de prioridades. Sitúa el pensamiento de Infante en una radicalidad superior a la izquierda reconocida de entonces y hace palidecer el Infante que desde las instituciones, especialmente desde la Junta, se proyecta a l@s trabajadores/as andaluces/zas:

“Vosotros que aspiráis al comunismo integral, a socializarlo todo, ¿por qué no empezáis a socializar la tierra? ¿Es que la socialización de la tierra os iba a impedir alcanzar la socialización absoluta? ¿No es verdad que al socializar la tierra habríais conseguido la parte principal de vuestro programa? ¿Es que al tomar parte en esa cruzada de la socialización del suelo exige siquiera la abdicación de vuestros ideales absolutos?
Qué creéis, ¿Qué todo debe socializarse, pues qué perdéis por alcanzar la socialización principal, la de la tierra? Si conseguida no os satisface podréis seguir trabajando por socializarlo todo. Pues que, el creer que una cosa debe realizarse por entero es obstáculo para empezar su realización parte.”

La Reforma Agraria es una necesidad imperiosa en un país fundamentalmente agrario y sumergido en el subdesarrollo como Andalucía. Esta necesidad guía sus críticas vehementes. Una muestra del fondo profundamente transformador del proyecto político infantista. Proyecto revolucionario en la teoría y sobre todo en la práctica. La necesidad de revolucionar la estructura de la propiedad en Andalucía le hace acercarse al georgismo y, tal como se introduce en este movimiento, ser expulsado por las concepciones excesivamente radicalizadas de Infante. No cabe duda que esta es una de las razones de la animadversión que la burguesía andaluza, asentada en el latifundio como forma de dominación del Pueblo Trabajador Andaluz y hacia esta tierra, manifestó hacia Infante.

EL PROBLEMA DE LOS DIRIGENTES

Infante plantea su concepto de Dictadura Pedagógica como una digresión al concepto leninista de dictadura del proletariado. Con esta conceptualización pretende incidir en la necesaria capacitación no solo técnica o política, sino ante todo ética, moral, de los dirigentes. Para Infante lo fundamental es generar una dirigencia capaz de asumir moralmente la dirección social de la empresa revolucionaria. Y paralelamente la principal acción de los destacamentos organizados del proletariado ha de ser de preparación ética y moral:

“El ejército del proletariado debe ordenarse como instrumento para la creación del alma comunista; o lo que es lo mismo, del poder capacitado para llevar a cabo esta misión.”

Blas Infante conoce a Marx principalmente a través de fuentes indirectas, pero sus concepciones sobre la necesidad de una Dictadura Pedagógica que sea capaz de generar cuadros dirigentes para la sociedad comunista vienen a coincidir en el tiempo con las reflexiones que realiza el propio Vladimir Ilich Lenin a propósito de las perspectivas que se le abren al primer gobierno proletario de la humanidad. Aproximadamente en las mismas fechas en que Infante escribe los artículos que darán lugar a su obra La dictadura Pedagógica, Lenin en su artículo de 1923 titulado “Sobre la cooperación”, reflexiona sobre el peligro de burocratización y anuncia la necesidad de que el socialismo llegue al medio rural soviético a través de las cooperativas de campesinos, en semejanza al concepto de “control obrero” que desarrolla en las ciudades. Partiendo de presupuestos distintos Lenin llega a una conclusión sobre la posibilidad de implantar este modelo:

“Propiamente hablando sólo nos queda una cosa: elevar a nuestra población a tal grado de “civilización”, que comprenda las ventajas de la participación de todos en las cooperativas, y que organice esta participación, “solo” eso. No necesitamos ahora ninguna otra clase de sabiduría para pasar al socialismo. Mas para realizar ese “solo”, es necesaria toda una revolución, toda una etapa de desarrollo cultural de la masa del pueblo”.

Hay un paralelismo entre la revolución cultural que Lenin se plantea para el medio rural ruso y el concepto que formula Blas Infante de “Dictadura Pedagógica”, si bien en Infante pesan de forma especial las influencias libertarias que recibiría a través de amistades como el doctor Pedro Vallina y del anarcosindicalismo muy presente en el ambiente obrero andaluz de principios de siglo. Blas Infante lo plantea así:

“Este es el problema: porque repetimos nuestro dogma. Todas las creaciones orgánico-sociales que vinieran a establecer cualquier Revolución, encaminada hacia el fin de instaurar el comunismo social, serían completamente inútiles, en el estado de conciencia social que alcanzan actualmente los individuos humanos. El grado actual de desarrollo de los instintos vendría a reflejarse enseguida en la organización social, pese a todas las combinaciones y previsiones orgánicorevolucionarias; y en definitiva, una misma esencia; un mismo alma; y a la postre una semejante estructura orgánica, vendría a tener la Sociedad que así se construyera”.

Blas Infante se plantea el problema de la conciencia del revolucionario y de los dirigentes de la Revolución. Su inquietud está justificada por su posición con respecto al concepto de dictadura del proletariado. Una postura definida en primer término por su convencimiento de una victoria segura del socialismo sobre la dictadura del capital:

“La Revolución proletaria y su fórmula la Dictadura del Proletariado, en plazo más o menos lejano, pero siempre breve, dentro de la magnitud de los términos seculares de la Historia, llegará a dominar el mundo.”

Y en segundo lugar por su profunda aspiración a una sociedad sin clases, en la que han de ser vanguardia dirigente aquellos elementos de la sociedad más cualificados moral y éticamente para ello:

“Así se formará el núcleo de los mejores hijos del pueblo. El pueblo vendrá a ser regido por sus hijos mejores, único modo de autogobernarse. Tendremos la forma de gobierno natural: gobierno del pueblo por sí mismo, representado por sus hijos mejores.”

Una concepción  que se acerca a las concepciones leninistas, expresadas de forma más exacta y menos ecléctica por el Lenin que por Blas Infante, pero con una idea de fondo común:

“Se comprende que mientras subsista el régimen capitalista, del que son compañeros inseparables la miseria y el atraso de las masas populares, el proletariado no podrá elevarse todo él hasta el nivel deseado de conciencia, y que, por tanto, se precisa un grupo de dirigentes conscientes, que instruya en los principios socialistas al ejército de los proletarios, lo agrupe y lo dirija durante la lucha...”

A pesar de sus críticas, Infante ya vislumbra en los primeros años tras la Revolución de Octubre esta tarea en el proceso revolucionario abierto en territorio soviético. Contempla en la revolución bolchevique los primeros elementos que habrían de dar lugar a la sociedad comunista futura:

“Nosotros aseguramos que, además,  es la dictadura del proletariado la más transitoria de todas ¿No veis a Lenin, apenas iniciada la revolución de la conciencia rusa, pasada la reacción contra el régimen zarista, convertido ya en dictador pedagógico?”

Así viene a conectar Infante, de forma inconsciente pero certera, con la problemática que se plantea en las mismas fechas el dirigente ruso.

EL COMUNISMO ES UN FENÓMENO DE CONCIENCIA

En la dimensión ética del pensamiento político de Infante se encuentran muchas similitudes con la importancia que Ernesto Guevara le confiere a la conciencia, como elemento vertebrador del proceso y la acción revolucionaria. Dice el “Che”:

“Desde nuestro punto de vista el comunismo es un fenómenos de conciencia, y no solamente un fenómeno de producción. No se puede llegar al comunismo por la simple acumulación mecánica de cantidades de productos puestos a disposición del pueblo. No se puede llegar a lo que Marx define como comunismo si el hombre no es consciente, si no tiene una conciencia nueva ante la sociedad. Para ello tenemos que separarnos lo más posible de los estímulos materiales sin dejar de reconocer los estímulos materiales como necesarios en estos momentos, sin plantearnos una situación ideal o ilusa. Tenemos que reconocer esa herencia capitalista como un mal y este es el punto fundamental en el que disentimos del llamado “estímulo económico en el cálculo económico”. Para nosotros el interés moral es una cosa básica y el interés material un mal reconocido.”

La dimensión ética del comunista se plasma en el concepto de trabajo voluntario que décadas después implantará Ernesto Guevara de la Serna en Cuba. El trabajo voluntaria era definido como:

“una escuela creadora de conciencia, es el esfuerzo realizado en la sociedad y por la sociedad como aporte individual y colectivo y va formando esa alta conciencia que nos permite acelerar el proceso de tránsito.”

Una frase del Padre de la Patria Andaluza expresa en forma mucho más sintética la cuestión de la conciencia. El fondo es el mismo que expresaba en 1963 el argentino Guevara, aunque formulado 40 años antes:

“El actual problema es ante todo, problema de inspiración espiritual: de metafísica, de Moral”

¿Es esta coincidencia casual? En la historia pocas cosas ocurren fruto del azar. Hay un elemento común a las sociedades en las que tanto el andaluz como el argentino-cubano se desenvolvieron. Hay un factor que determina ambas sociedades, la Andalucía de principios de siglo y la Cuba que acaba de despertar en una revolución. Este no es otro que el subdesarrollo. El subdesarrollo que ha gravado en ambas sociedades, aún encontrándose en momentos históricos diferentes, generaciones de trabajadores que no puedes satisfacer sus necesidades materiales más inmediatas.

Tampoco es casualidad que como Ernesto “Che” Guevara Blas Infante, en su crítica a la Revolución Rusa por lo que él considera un excesivo moderantismo, muestre su desagrado ante los estímulos materiales y otros resortes a los que recurre. Aunque reconoce el lastre que supone la degradación material a la que ha sido sometido los pueblos trabajadores bajo la bota del imperio zarista:

“la Dictadura del Proletariado tienen necesidad de acudir a idénticos resortes o estimulantes que la Dictadura burguesa,respondiendo al grado actual de evolución del espíritu de los hombres; comprando con premios, cintajos o bisuterías las motivaciones santas.”

Su desacuerdo parte de una visión dialéctica del comunismo. Si hablábamos más arriba de su distinción entre dos tipos de comunistas, también diferencia entre dos tipos de ordenación socialista de la sociedad. Entre un comunismo de los valores sociales (“un problema de actual justicia económica”) y el comunismo de los valores individuales (“un problema de reforma espiritual: de máxima consciencia”). Para Blas Infante el conflicto procede de su presupuesto de que será el comunismo de valores individuales, como un fenómeno de conciencia, el requisito previo indispensable para la construcción de la sociedad comunista. Para él la semilla generadora de la nueva sociedad es la ética. Repite la misma idea, formulada de otra manera:

“El Ideal que venga a crear la Sociedad comunista, ha de ser, pues, de índole religiosa o moral”.

Una ética que ha de guiar la acción política puesta al servicio del pueblo trabajador:

“Dimos una norma altruista inspiradora de un proceder práctico, convirtiendo la acción política en acción social y de defensa concreta de los intereses del pueblo.”

Esta concepción ética revolucionaria, enmarca y vertebra su proyecto de Andalucía. Un proyecto tan nacionalista como, finalmente, internacionalista. No podía ser de otra forma si por encima de las consideraciones económicas o políticas el programa infantista prioriza la ética revolucionaria:

“El fin natural de la existencia de un pueblo es, como el de la existencia de un individuo,  el de engrandecerse por sí, pero no para sí, sino para la solidaridad entre los hombres, es decir: para los demás pueblos de la Tierra.”

LA DIMENSIÓN ÉTICA DE INFANTE EN LA ANDALUCÍA ACTUAL

Llegados a este punto, es de interés preguntarse ¿Tiene alguna vigencia la dimensión ética del andalucismo infantista en la Andalucía actual? Y si la tiene ¿de qué nos puede servir esta perspectiva en la construcción de una Andalucía libre?

La Andalucía actual ha cambiado mucho con respecto a la Andalucía de inicios del siglo XX, sin dejar de ser la misma. No es contradictoria esta consideración. Si bien ha habido un progreso material en cuanto a las necesidades vitales más inmediatas del Pueblo Trabajador Andaluz, la Andalucía actual sigue sufriendo internamente una polarización profunda de la propiedad y de la riqueza. La riqueza que poseen de forma ostensible unas clases dominantes que han cambiado muy poco en los últimos cien años. En muchos caso son las mismas familias, los mismos apellidos, los que ocupan los primeros cargos de relevancia en la vida política, económica y cultural de Andalucía, de sus pueblos y ciudades. Pero no solo hay continuidades en su propia estructura interna. Externamente Andalucía sigue jugando el papel secular de nación oprimida, de soberanía usurpada, y sometida a los dictados y necesidades de la economía española, europea y mundial. Es decir de la oligarquía española y del imperialismo. No podía ser de otra manera, que lo externo y lo interno evolucionen de forma similar, si en ambos casos Andalucía y sus habitantes son recursos para el sistema imperialista mundial.

Por lo tanto, si las transformaciones no han sido profundas sino superficiales los problemas fundamentales han de seguir siendo muy parecidos.  Y Blas Infante no se equivocaba al hablar de la transformación de las conciencias como elemento imprescindible para la transformación social. Si observamos Andalucía en los últimos 75 años los hechos no han hecho sino darle la razón.

Fijémonos para ilustrar esta afirmación en dos ámbitos distintos pero bien representativos de la realidad del país andaluz, los sindicatos y los ayuntamientos.

Tras más de 30 años de legalidad, las centrales sindicales “mayoritarias” (es decir CCOO y UGT), donde se ha ubicado desde la transición buena parte de la izquierda en Andalucía, se caracterizan por estar más cercanas al régimen que a los propios trabajadores. Han desaparecido los mínimos éticos y morales en las prácticas de unos sindicatos (especialmente CCOO ya que es donde algunos se reivindican aún como comunistas) que en nombre de los intereses de los trabajadores/as actúan en beneficio de los suyos propios, traicionando una y mil veces las luchas obreras. Valga como ejemplo el apoyo de la sucursal andaluza de CCOO al reciente Acuerdo Social y Económico o a las distintas Reformas Laborales que se están implementando. La eliminación de las asambleas de trabajadores/as, la delegación en los liberados profesionalizados y perpetuos, la dirección por parte de burocracias sindicales, la falta de control obrero o simplemente el no conocer quiénes firman los convenios de sector porque nunca han aparecido en los tajos de las empresas pequeñas y medianas son elementos definitorios el sindicalismo del régimen. Una vez que ya no hace falta consultar a los trabajadores/as, los chanchullos, los “arreglos” y el dejarse sobornar son mucho más fáciles y han dejado campo abierto para las prácticas burocráticas y corruptas del sindicalismo oficialista. La financiación que el Estado Español y la patronal facilitan a su sindicalismo “conciliador” y “responsable” es motor de las traiciones de unos sindicalistas que han perdido cualquier atisbo de conciencia, cualquier sentido de la ética. Como bien señalara Blas Infante, el problema es fundamentalmente de conciencia, “de carácter moral”.

En los ayuntamientos se ha vivido un proceso similar. La mayoría de los ayuntamientos están dominados por las prácticas corruptas y clientelares del caciquismo de antaño. De derecha a izquierda, en la mayoría de los ayuntamientos el acceso al gobierno local es una lucha en definitiva por ampliar y controlar a un mayor número de población con la que se establecen relaciones de interés y dependencia a corto plazo. Los ayuntamientos y las concejalías se han convertido en un mero instrumento de control social por parte de las minorías de profesionales de la política. Y a este esquema de funcionamiento se han sumado la inmensa mayoría de alcaldes y concejales (con honrosas excepciones). La ética quedó para otro día y es frecuente encontrar en los periódicos casos confirmados de corrupción municipal donde pretendidos “comunistas” participan de las mismas prácticas mafiosas de los demás. ¿Como explicar sino los numerosos acuerdos municipales entre partidos favorables y contrarios a la Reforma Laboral? ¿Cómo explicar que la inmensa mayoría del espectro político andaluz haya participado como uno más de las redes clientelares y las prebendas como forma de sostenerse en el poder?

En ambos casos subyace una realidad que ya pronosticó Blas Infante certeramente. El subdesarrollo. El subdesarrollo que facilita la corrupción en aquellos que no están armados con la mayor y más letal arma revolucionaria del militante comunista, la ética. El subdesarrollo podríamos definirlo, de forma simple y limitada a una formación social, como ese estado continuo del ser colectivo en el que las necesidades básicas no son satisfechas. Un estado que se hereda de una generación a otra hasta penetrar y formar parte de la memoria colectiva. El subdesarrollo moldea conciencias y transforma comportamientos en aquellos que lo sufren. La sabiduría popular lo ha llamado el “hambre atrasada”, que hace de las más firmes convicciones algo tan blando como la mantequilla ante un cuchillo caliente cuando se contraponen a las prebendas. El “Che” se encontró con una realidad similar en la Cuba de principios de los años 60. El si conocía la teoría, pero el análisis fue similar al de Infante 40 años antes. No es otra la razón por la que Infante coincide en algunos de sus análisis con Lenin en los años 20. Y esa es la razón que explica que Ernesto Guevara de la Serna llegara a las mismas conclusiones cuarenta años después y con un océano de por medio.

Por ello concluyo en el convencimiento de lo imprescindible de la dimensión ética del pensamiento infantista en la Andalucía actual. Esta aportación de Blas Infante lo confirma como un autor fundamental en la teoría y práctica de la liberación andaluza. La izquierda del régimen, españolista y domesticada, olvidó la ética revolucionaria como un elemento a considerar en la práctica cotidiana. Los resultados están a la vista. Tres décadas de retrocesos y pérdidas de capacidad de movilización y lucha, de pérdida de contrapoder en definitiva de las clases populares andaluzas ven cada vez más claro la traición que han sufrido. La izquierda independentista andaluza tiene la tarea de volver a situar como elemento central de las luchas y los procesos populares la ética revolucionaria. Y de denunciar aquellos que se dejen pudrir por el interés personal. Una Andalucía Libre será ante todo una Andalucía de conciencias despiertas, de militantes “en constante proceso de mejoramiento”. ¿Por qué no? Donde todos seamos permanentemente, como dijeran Blas Infante y “Che” Guevara, aspirantes a comunistas.



jueves, 1 de diciembre de 2011

Sin Partido no puede haber Revolución ni Socialismo


Hoy el diario de los y las camaradas cubanas, Granma, recuerda el 50º aniversario del discurso pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro en uno de los ciclos de la Universidad Popular para explicar los fundamentos de la necesidad de constituir el Partido Unido de la Revolución Socialista, antecedente del actual Partido Comunista de Cuba. Reproducimos este fragmento como ejemplo de la trascendental labor creadora del Comandante Fidel y los y las luchadores/as cubanas, que hizo posible la victoria de la Revolución alejados de clichés pseudorevolucionarios aptos solo para intelectuales. Una muestra del potencial revolucionario de la lucha organizada de los pueblos contra el imperialismo y el neocolonialismo. Llámese el enemigo Estados Unidos o llámese Estado Español.

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Sin el Partido no puede haber socialismo

El Partido Unido de la Revolución era, en primer lugar, una necesidad. ¿Por qué era una necesidad? En primer lugar, no se puede hacer una Revolución, sobre todo no se puede llevar adelante una Revolución, sin una fuerte y disciplinada organización revolucionaria [... ]

¿Qué significa la organización de ese Partido, esa organización? ¿Qué significa la unificación de todas esas fuerzas revolucionarias? ¿Qué significa la unión de esas tres organizaciones? ¿Qué significa, de manera clara y nítida, para todo el pueblo, y qué significa para la Revolución? Significa que todas las fuerzas revolucionarias de la sociedad, todas las fuerzas revolucionarias de la sociedad, es decir, la clase obrera, la clase campesina, los estudiantes, las capas revolucionarias de la pequeña burguesía, y los intelectuales, es decir, los únicos sectores o clases de la sociedad, las únicas clases de la sociedad que por su propia naturaleza y por el lugar que ocupan dentro de la sociedad están llamadas a ser revolucionarias, se unen todas en una sola organización revolucionaria. [...]

¡Acostumbrémonos, acordes con los tiempos y acordes con nuestra Revolución, a ver en el pueblo las grandes virtudes, las grandes inteligencias, los grandes méritos, saber que en ese pueblo hay grandes reservas, y que por eso el pueblo no puede fracasar! Puede fracasar un hombre, porque un hombre es uno; un pueblo no puede fracasar, porque son miles, porque son cientos de miles de inteligencias, cientos de miles de dirigentes en potencia.

Entonces, ¿qué debe hacer el Partido de ese pueblo revolucionario? Ese Partido debe ser el gran vehículo de mérito, el gran vehículo de la vocación revolucionaria, el gran vehículo de la inteligencia revolucionaria; ese Partido debe estar siempre por encima de los individuos, porque ese es el Partido que va a encerrar, no el valor de una inteligencia, sino el valor de decenas de miles y de cientos de miles de inteligencias; no el valor de un heroísmo, sino el valor del heroísmo de todos; no el valor de un espíritu de sacrificio, sino el valor del espíritu de sacrificio de cientos de miles de ciudadanos, del espíritu de combate, del amor a la Revolución.

Fidel Castro Ruz, 1 de diciembre de 1961.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Las contradicciones de la izquierda estatalista y la expulsión del PCPC





La izquierda estatalista, lejos de reconocer el caracter tardoimperial de la estructura territorial que constriñe España y sobre la que este Estado clava sus garras, históricamente ha tachado a los leninistas consecuentemente antiimperialistas como "pequeñoburgueses", "chovinistas" o calificativos similares. 

Por ello desde Pueblo Trabajador Andaluz nos parece interesante resaltar el último incidente en torno a esta cuestión, protagonizado por la militancia del Partido Comunista del Pueblo Castellano de Valladolid, expulsada del PCPE por sus planteamientos en torno al problema español (para los estatalistas la cuestión nacional). Un partido que despacha el carácter imperialista del Estado Español con la conocida y autojustificativa fórmula de que "la contradicción principal es la lucha de clases" y al que parece que este manido latiguillo ya no le es operativo ni siquiera a niveles de consumo interno.

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El PCPC de Valladolid no acepta la suspensión de militancia impuesta por el CC del PCPE y seguirá trabajando como fuerza organizada

 

 

A pesar de la sanción impuesta por el CC a la totalidad de los y las militantes del PCPC de Valladolid y que de facto significaría la disolución de la organización en la provincia, no nos va impedir seguir trabajando como PCPC, pues así lo ha decidido la totalidad de la militancia de esa organización.
Hacemos público que esa sanción, llena de defectos formales (no se ha enviado a cada uno de los militantes afectados, se envía sin certificación alguna, se basa en unos estatutos que no han sido publicados y entregados a las organizaciones, etc.) no obedece solamente a la decisión unánime de PCPC de Valladolid de no presentar candidatura en esta ocasión a las próximas elecciones generales, por considerar las condiciones políticas desfavorables, sino que hay que buscar sus causas más profundas en las desavenencias que nuestra organización en esa provincia mantiene con la dirección central y que ésta no va a tolerar. Y es que la dirección del PCPE confunde el centralismo democrático con el centralismo burocrático.
La prueba evidente de que la causa última no es la no presentación de candidatura, es que otras organizaciones provinciales tampoco van a presentar candidaturas y no han recibido sanción alguna, tanto en Castilla como en otros lugares del estado.
Dichas desavenencias tienen un largo recorrido y se manifestaron expresamente en el 9º Congreso del PCPE, celebrado en diciembre de 2010, donde la dirección central plantea un giro en su elaboración teórica sobre el hecho nacional en el estado español, al afirmar el reconocimiento de sus derechos nacionales a las llamadas “nacionalidades históricas”, esto es, Euskal Herria, Catalunya y Galiza, pero negando la posibilidad del reconocimiento como sujeto político de otras realidades nacionales, impidiendo así que los comunistas de este partido pudiéramos trabajar en levantar otros proyectos de construcción nacional (en el sentido de soberanía) como en el caso de Castilla. Los y las comunistas castellanos hace tiempo iniciamos el debate sobre la lucha de clases en el marco de la realidad castellana, con el objetivo puesto en organizar a la clase obrera y los sectores populares en pos de un proyecto nacional y de clase que rompe, entre otras cosas, con la división político-administrativa del postfranquista “estado de las autonomías”, en el marco de un proceso de construcción de la República Socialista de carácter confederal para el conjunto de los pueblos sometidos por el Estado español.
El PCPC no puede adoptar una concepción unidimensional de la lucha de clases que sólo contempla la contradicción capital-trabajo en un escenario mucho más complejo donde la dominación del poder imperialista en el Estado español requiere de captar la interrelación entre lo nacional y lo social así como otras expresiones de dominación funcionales al capitalismo como el sistema patriarcal, que se articulan para someter a los pueblos y clases populares. Haciendo un resumen de las mismas, nuestra organización sigue defendiendo la realidad castellana como marco de lucha y socialismo, lo que para el PCPE que hace gala de un cada vez mayor españolismo, es intolerable.
Por otra parte, hemos denunciado el verdadero “recorte” que el discurso actual de la dirección hace de las tesis que sobre la cuestión feminista se aprobaron en la Conferencia Estatal sobre esta cuestión. La tesis aprobada en ese 9º Congreso convierte en papel mojado lo aprobado en la conferencia feminista, y plantea la lucha anti patriarcal como un elemento subsidiario en la lucha política cotidiana. Esta denuncia también es intolerable por parte de la dirección central, que cierra así el círculo del acoso y derribo a una tesis feminista aprobada en una conferencia que perdió “momentáneamente”. Podríamos seguir indicando aspectos ideológico-políticos en los que confrontamos pero, sobre todo, lo que esta dirección no tolera es que se cuestione la forma de la toma de decisiones, en la que impera el “arriba-abajo” únicamente.
En los últimos tiempos, las bases militantes nos convertimos en meros receptores de órdenes de la dirección central, sin debate, sin que fluya la democracia interna “de arriba abajo y de abajo arriba” y eso, sí que es intolerable para nosotros y nosotras, los y las militantes del PCPC.
Del Congreso salió una dirección que, en palabras del secretario general, debería ser “monolítica”. A partir de ahí, se terminaron las críticas, siquiera las opiniones diferentes y, mucho menos, el consultar a las bases sobre aspectos tácticos de la aplicación de la política del partido. Además de todo ello, la realidad organizativa del PCPE es un absoluto secreto para los y las militantes de base. Nada se sabe de procesos de expulsiones colectivas, del abandono de nuestras filas de militantes –algunos de ellos históricos y probados cuadros comunistas- condenados al ostracismo por sus críticas a la dirección.
Es la defensa del centralismo democrático leninista lo que no tolera la dirección actual y, por eso, quiere disolver al PCPC en Valladolid.
Recibimos cada día expresiones de solidaridad de camaradas que con mucha tristeza, y después de dedicarle muchos años de su vida, abandonaron el PCPE, por las mismas o similares razones por las hoy confrontamos con la dirección autoritaria.
Sin embargo, el PCPC de Valladolid que tiene años de lucha y resistencia (algunos de sus militantes fundaron el PCPE) seguirá apostando por la defensa de los derechos del Pueblo Trabajador Castellano, por un futuro socialista y comunista, y se mantendrá como fuerza organizada, a pesar de todos los intentos que puedan realizarse desde la dirección autoritaria del PCPE para impedirlo.
En este sentido, anunciamos a todos y todas, que la candidatura que finalmente ha presentado el PCPE en la circunscripción de Valladolid NO ES representativa de la organización local del PCPC, pues NINGUNO de sus militantes formará parte de ellas.
El PCPC anuncia desde aquí que ya está trabajando en la organización de su II Conferencia Nacional Castellana que tendrá lugar el año próximo, fruto del acuerdo aprobado en plenario de militantes celebrado el pasado 15 de octubre, al tiempo que se impulsará el trabajo de organización e implantación en provincias castellanas donde todavía hoy, no existe organización.
Así mismo anunciamos que la sede del partido en Valladolid, como es habitual, continúa abierta y en uso, y se está trabajando en la restitución total de nuestra página web www.castillasocialista.org, que a falta de solucionar algunos detalles técnicos, ya se puede visitar de nuevo.
Aprovechamos para agradecer las muestras de cariño y solidaridad que hemos recibido de camaradas y compañeras de todo el estado.
¡COMUNISTAS SIEMPRE!
¡Viva el Centralismo Democrático leninista!
¡Viva el Pueblo Trabajador Castellano!

martes, 1 de noviembre de 2011

Sobre el internacionalismo proletario, teoría y práctica


Empezamos el mes de noviembre con la publicación del artículo publicado en el nº52 de la revista Independencia: "Sobre el internacionalismo proletario: teoría y práctica" de Cristóbal G.V. El artículo sigue la línea de trabajos publicados anteriormente en este blog desde el Pueblo Trabajador Andaluz acerca de la necesidad de construir el socialismo en nuestro país desde concepciones antiimperialistas y con el marxismo-leninismo como guía para la acción.

La lucha ideológica contra el tercerrepublicanismo español, la defensa del principio leninista de análisis específico para realidades y épocas específicas, así como contraponer el "internacionalismo" en torno a las fronteras coloniales españolas con el internacionalismo proletario de las diferentes naciones y pueblos subyugados por el Estado Español, son algunas de las cuestiones abordadas en este texto.

Recomendamos su lectura ya que es en nuestra tierra donde con más cotidianidad que en otras realidades se adoptan posturas antimarxistas abrazando el "españolismo" proletario.

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Sobre el internacionalismo proletario, teoría y práctica

Mucho se ha escrito sobre internacionalismo proletario, el modo y desarrollo en el que deben teorizarse y practicarse, este artículo pretende analizar y clarificar las diferentes realidades socio-políticas e históricas de los pueblos que están sometidos al yugo imperialista de distintos estados burgueses y reaccionarios que oprimen y anulan la capacidad de decidir de los pueblos y sus clases trabajadoras. Y, en algunos marcos específicos como el del Estado Español, habrá que tratar el colaboracionismo y el negacionismo de ciertas organizaciones autoproclamadas “internacionalistas” y “comunistas”. Este será un análisis realizado desde un punto de vista independentista, y en coherencia con este principio, revolucionario.

Existen en el mundo innumerables países que durante siglos han sido colonizados, desposeídos y oprimidos por estados capitalistas que han visto en su sometimiento un gran número de posibilidades para aumentar el privilegio y el gran capital financiero de sus burguesías. Para ello ha sido necesario una serie de políticas asimiladoras y de imposición de los elementos más fundamentales para que los pueblos oprimidos no encuentren factores diferenciadores entre su realidad política, social, económica, cultural e histórica, y la realidad artificial que ha engendrado el imperialismo para normalizar la situación de encadenamiento y falta de libertad que padecen los pueblos y sus clases trabajadoras. Es la principal norma que rige todo proceso colonizador, alinear, imponer y hacer ver y entender que un cántabro oprimido lo es tanto y de la misma forma como lo es un catalán oprimido, es decir, crear un nexo de unión no entre trabajadores, sino entre realidades antagónicamente diferenciadas y que en consonancia, deben ser estudiadas de manera concreta y específica para adoptar soluciones concretas y específicas. No es más que llevar a cabo el principio marxista de “análisis específico para realidades y épocas específicas”. 

Tras los procesos colonizadores en los que ya se ha perpetuado y afianzado la clase dominante sobre el pueblo dominado, este pueblo sin conciencia ni identidad, pierde toda capacidad de entender y ver las cosas por sí mismo y se transforma a las condiciones específicas que se desarrollan en aquella realidad tan distinta de aquella que tratan de imponer. El propio capitalismo, él mismo, llevando a cabo la explotación de los recursos naturales y los medios de producción de los pueblos, crea condiciones diferenciadoras, contradiciéndose a sí mismo y perjudicando a sus intereses homogeneizadores que persiguen un beneficio tanto político como económico a través del robo y la posesión de los medios y de sus fuerzas productivas.

Por tanto, podemos afirmar que el capitalismo es internacional y no entiende de fronteras, pero que para satisfacer sus necesidades se desarrolla de manera particular en un país u otro, originando las propias condiciones que necesitarán de análisis y praxis concretas, entendiendo y reconociendo el marco territorial en el que se producen. En consonancia con estas cuestiones, se deben de realizar profundos estudios que nos conduzcan a trazar estrategias y tácticas de las que se puedan extraer conclusiones para posteriormente llevarlas a la práctica. En el caso de Andalucía, por andaluces y andaluzas de conciencia que conozcan y padezcan en primera persona la actual coyuntura socio-económica y política en la que se encuentra inmerso el Pueblo Trabajador Andaluz, en un contexto de dependencia y de crisis estructural en el sistema capitalista. De nada sirve a la realidad andaluza la elaboración de análisis y estrategias que se ajustan al marco artificial del Estado Imperialista Español, pues bajo su poder se encuentran una serie de pueblos trabajadores que requieren de análisis y tácticas propias. Si en cualquier momento se impulsaran políticas unificadas en cuanto al marco estatal se tratase, fracasarían de la misma forma que han fracasado bajo los sucesivos gobiernos españoles desde la creación de ese invento imperialista llamado España.

Ante la República Española Federal o Confederal: Repúblicas de los Pueblos

Esta cuestión es aún analizada y debatida entre los diferentes movimientos anticapitalistas y revolucionarios en el Estado Español. Por un lado, están aquellas organizaciones que defienden una República Federal en la que, ya constituida, según qué pueblos pudieran ejercer el derecho de autodeterminación, pero, ¿qué pueblos obtendrían este derecho? Las organizaciones que defienden este modelo, se acogen al marco constitucional en el que se declaran como “nacionalidades históricas” a País Vasco, Catalunya y Galicia, reconocimiento que se debe a que antes de estallar la Guerra Civil sus Estatutos de Autonomía estaban aprobados o en proceso de aprobación. Nos planteamos otra pregunta: ¿Y el resto de pueblos, podrían ejercer este derecho cuando y como no se les reconoce como tal? Acogiéndonos a los documentos de partidos políticos como el PCE, no. Pues estos “comunistas” entienden que España es una nación, y que en ese mismo Estado Español conviven diferentes nacionalidades como la vasca, gallega, catalana o española, pero en ningún momento ni bajo ninguna circunstancia reconocen la naturaleza imperialista de España, su estatus de cárcel de pueblos, que somete y explota a pueblos como Aragón, Asturies, Andalucía, Castilla, Canarias, Cantabria, Catalunya, Galiza, Extremadura, Euskal Herria, País Valenciá, Illes Balears o el Rif. ¿Y el derecho de autodeterminación para estas naciones? ¿No existen o sólo obtienen el trato de regiones de España? ¿Cómo en una futura República Federal o Confederal iban a ejercer el derecho a decidir por sí mismas si ni siquiera se reconoce su estado se sometimiento?

Independientemente del no reconocimiento y de la postura negacionista del PCE u otras organizaciones “comunistas” que mantienen su mismo posicionamiento, es necesario detenerse para analizar las condiciones y las formas de organización de esa hipotética República Federal o Confederal. Como dan a entender sus documentos públicos o sus discursos, tras establecer la República Federa o Confederal Española cada pueblo (el que sea reconocido como tal) sería libre para separarse o seguir manteniendo una unión territorial y política con España. Los defensores de la III República Española, persiguen la creación de un estado federal o confederal sin contar con que, sin la previa independencia de los diferentes pueblos sojuzgados por el Imperialismo Español esta acción no conllevará libertad o capacidad de movimiento, sino sumisión e imposición. Entienden el estado del mismo modo que la burguesía, es decir, como una estructura impuesta con un carácter jerárquico sobre el pueblo. Mientras que desde los movimientos de liberación nacional y social deberíamos, teniendo en cuenta el devenir histórico, promover un federalismo opuesto al concepto burgués del estado, un federalismo formado desde abajo hacia arriba, que asegure tanto la soberanía individual como la colectiva, ejerciendo así un federalismo emancipador y revolucionario. El republicanismo españolista acepta las fronteras trazadas por quienes concibieron a España como lo que es y será siempre, un invento imperialista que nace desde el sometimiento de los diferentes pueblos peninsulares y la explotación de sus clases oprimidas. Siempre en una supuesta defensa del internacionalismo y de la solidaridad, pero bajo el marco “español”. Un marco político, que no es un más que un marco artificial, tanto geográfico como cultural o social. ¿Por qué un marco estatalista español y no ibérico, mediterráneo o mundial? Pues porque, de una manera u otra, siguen defendiendo la idea de España, y España seguirá siendo la que oprime el derecho al libre desarrollo de los pueblos, de su emancipación nacional y de clase. No importa el apellido que se le adjunte a España, ni la forma de estado, sí importa que perpetuando y continuando su superestructura capitalista seguirá perpetrándose la opresión hacia los pueblos y sus clases trabajadores, como el robo y expolio de sus riquezas. Ya el Padre de la Patria Andaluza, Blas Infante, se pronunció al respecto: “Ved que no puede existir unidad o solidaridad sin amor, ni amor sin respeto mutuo o libertad” (1). Esta idea expresa algo ajeno al análisis tercerrepublicanista, y es que siglos de sometimiento, imposición, y opresión en todos los aspectos, no se pueden solventar tras un cambio político en el Estado Español, sino con la ruptura democrática respecto al Estado Español y la liberación total de los pueblos esclavizados. Quienes vivimos una realidad precisa, tan distinta de aquella que han tratado de imponernos los sucesivos gobiernos españolistas y reaccionarios, no podemos tolerar estrategias uniformes que no atienden a las necesidades reales de nuestro pueblo. En este sentido, Lenin llegó a afirmar que: “La teoría marxista exige de un modo absoluto que, para analizar cualquier problema social, se le encuadre dentro de un marco histórico determinado, y después, si se trata de un solo país, que se tengan en cuenta las particularidades concretas que distinguen a este país de los demás dentro del marco de una y la misma época histórica” (2).Teniendo en cuenta esto, podemos afirmar que la totalidad de las organizaciones y partidos auto-proclamados “comunistas” tanto teórica como prácticamente no llevan a cabo esta reflexión.  La apuesta de las izquierdas independentistas revolucionarias debe ser clara y firme, opuesta a España y sus diferentes configuraciones, y orientada hacia la lucha por la independencia y el socialismo. Por las Repúblicas Socialistas de los Pueblos.

El internacionalismo proletario en la práctica

Para ejercer un internacionalismo real, solidario y  netamente revolucionario, hay que llevar a la práctica la ya elaborada y determinada estrategia. Plasmar el principio leninista: “No hay práctica revolucionaria sin teoría revolucionaria y viceversa”. En el escenario internacional actual, teniendo en cuenta la coyuntura de crisis estructural del sistema capitalista, es necesaria la unidad entre movimiento con principios y objetivos comunes, en busca del apoyo mutuo y la acción coordinada entre diferentes organizaciones de distintos países. La unidad si tiene finalidades revolucionarias y el mantenimiento de las mismas, debe de plantearse entre iguales. Es decir, la izquierda revolucionaria e internacionalista no puede organizarse o coordinarse con organizaciones que no defienden tanto o de la misma forma la liberación nacional como la liberación de la clase obrera. Y en coherencia con esto, se deben de clarificar posiciones ante los partidos que han traicionado a la clase obrera, que desvirtúan la lucha revolucionaria y la desvían hacia parámetros exclusivamente electoralistas. Es una labor obligatoria para cualquier revolucionario analizar tanto la teoría como la práctica de quienes tras una falsa postura revolucionaria, llevan décadas actuando como elementos inmovilizadores del proletariado y deformando el discurso revolucionario por el discurso reformista y pequeño-burgués, formando parte de las estructuras capitalistas y de esta forma legitimando su poder sobre el pueblo.

Por ello, nos comprometeremos en fomentar y posibilitar la unidad entre la izquierda independentista y revolucionaria, en vertebrar un proyecto común en el que las distintas organizaciones independentistas y revolucionarias se coordinen entre sí mismas para actuar en distintos ámbitos donde es necesaria una política colectiva en la que todas tengan las mismas oportunidades para  la toma de decisiones. Hasta ahora no ha existido ninguna coordinadora u organización internacional donde los distintos pueblos oprimidos y sus respectivas organizaciones, se encuentren y elaboren estrategias y tácticas que puedan ser ejecutadas conjuntamente. Estructuras organizativas que se adapten a las necesidades específicas de todos y cada uno de los pueblos organizados, tanto geográficas como políticas y sociales. Un proyecto estable, organizado, estructurado, que sirva como conector de las luchas de los pueblos y sea capaz de unirlas para un fin común, por el derrocamiento de los estados capitalistas y del imperialismo internacional, y por la independencia y el socialismo para todos los pueblos trabajadores sometidos y explotados.

Uno de los más comunes errores que cometen organizaciones y sus miembros, es que tratan de reproducir las mismas estrategias o análisis para realidades opuestas no sólo en las condiciones materiales, sino también históricas. Pues en algunos acontecimientos revolucionarios, esta práctica ha derivado en un fracaso rotundo. Esta referencia es clarificadora: “No debéis copiar nuestra táctica, sino analizar por cuenta propia las causas de su peculiaridad, las condiciones y los resultados de esta táctica, aplicando en las condiciones locales no la letra, sino el espíritu, el sentido, las lecciones que brinda la experiencia del período de 1917-1921” (3). Por positivos y clarificadores que hayan sido los distintos procesos revolucionarios en la historia, se debe de teorizar y practicar a raíz de profundizar en la realidad adscrita a un marco en el que la situación concreta debe de, en consecuencia, contar con estrategias y luchas concretas. Los andaluces jamás copiaremos a otros pueblos, sabemos de sobra crear originalmente. El éxito revolucionario que se produce en un país, puede resultar el mayor desastre en cualquier otro. Así pues, la práctica revolucionaria establece que, elaborando la teoría y posteriormente ejecutándola, los procesos revolucionarios tendrán la mayor o menor eficacia según la realidad específica.

El internacionalismo si es proletario y coherentemente revolucionario sólo tiene un camino, y es el de la lucha solidaria y conjunta entre los pueblos trabajadores por liberarse del yugo imperialista y conquistar el poder. Para esta tarea, se deben de reconocer los ámbitos de actuación, y el compromiso en la lucha revolucionaria en oposición al reformismo parlamentarista y las estructuras del sistema capitalista. La unidad sólo podrá ser ejercida en igualdad de condiciones, y para formar parte o no de un marco territorial y político, el pueblo deberá ser dueño de su libertad para poder decidir por sí y para sí mismo.

Notas:
1.- Manifiesto Andalucista de Ronda, 1919.
2.- Problemas de política nacional e internacionalismo proletario, 1913-1916 (Lenin).
3.- Sobre el internacionalismo proletario, 1921 (Lenin).

domingo, 23 de octubre de 2011

De la inexistencia de España y contra los "hispanismos" de izquierdas




Terminamos el mes de octubre con un texto inédito que nos envía a este blog del Pueblo Trabajador Andaluz el camarada Francisco Campos López, titulado "De la inexistencia de España y contra los hispanismos de izquierdas". El trabajo es una interesante disección de las imposturas de los nacionalismos españoles y una apuesta por un marxismo-leninismo andaluz antiimperialista. Apuesta que muchos y muchas militantes marxistas-leninistas andaluces/zas estamos sosteniendo desde hace décadas y de la que este blog forma parte.

La oportunidad del trabajo de Francisco Campos López  es indiscutible. Un documento propicio en unos momentos en los que el grado de deformación chovinista en la izquierda estatal llega a los delirios de G. Bueno y su izquierda hispánica, como correlato lógico de la cobardía de la izquierda española que agota sus análisis con sentencias como: "lo social es la contradicción principal".

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DE LA INEXISTENCIA DE ESPAÑA Y CONTRA LOS “HISPANISMOS” DE IZQUIERDAS


Uno de los errores analíticos fundamentales en que caen las izquierdas estatalistas es el considerar al Estado Español como Estado-nación al uso. De ahí que se planteen la repetición mimética de recetas aplicadas en supuestas circunstancias similares. Pero en el caso español nos encontramos ante una tipología de Estado suigéneris, que no parte de una realidad nacional o se fundamenta en ella, ni en su origen histórico ni en su desarrollo posterior. Resulta imprescindible clarificar lo que es España y analizar el sinsentido de ese nuevo “hispanismo” de las izquierdas estatalistas. Esa defensa a ultranza de unidades hispánicas peninsulares “internacionalistas”, a partir de futuras repúblicas, españolas por supuesto, eso sí, federales o confederales y socialistas.

De la inexistencia de España y del pueblo español

España fue en primer lugar una mera denominación geográfica, el nombre dado por los romanos a la Península. Cuando en el Medievo la nobleza castellano-aragonesa comienza la forja de un Imperio, a partir de la anexión forzada de otros países como Andalucía, y culminado posteriormente por los Austria, ésta nomenclatura será usada para designar y delimitar las fronteras de ese Imperio. A partir de entonces, el término paso a poseer dos significados, uno como adjetivación geográfica peninsular, en cuyo caso permanecerá siendo utilizado el singular, “España”, pero también pasará a ser la resultante político-administrativa de la suma de los pueblos bajo el dominio imperial, siendo entonces utilizado el plural, “las Españas”. Ésta simultaneidad y diferenciación semántica comenzará a ser modificada por los Borbones en el XVIII, siendo éste uno de los antecedentes del españolismo que se desarrollará a partir del XIX, pero, no obstante, esta duplicidad de significados de lo español permanecerá hasta entonces. Prueba de ello es que todavía en 1812, para la Constitución de Cádiz tan “España” era considerada Andalucía o Castilla como Colombia o Filipinas, y el adjetivo “españoles” no sólo señalaba a los habitantes de la Península, Baleares y Canarias, sino a todos los súbditos del Imperio. Tan españoles eran aragoneses como cubanos o argentinos. Políticamente hablando, España seguía siendo el nombre de un Imperio colonial. Esa suma de naciones y pueblos englobable dentro de ese genérico: “las Españas”.

Pero unos años después de aprobada “la Pepa” ese Imperio se desmorona, quedando reducido sus límites fronterizos a sus territorios peninsulares, más “islas adyacentes” y unas pocas “posesiones ultramarinas”. Además, tras el fallecimiento de Frenando VII, los Borbones se verán inmersos en una disputa sucesoria, y una de las facciones, los partidarios de la futura Isabel II, establecerán una alianza con la gran burguesía mercantil e industrial para asegurar su victoria. Fruto tanto de aquel pacto como del triunfo isabelino sobrevendrá el consiguiente predominio burgués sobre los restos del Imperio y la reconversión de éste y los territorios aún retenidos, según sus criterios y necesidades de control económico y social, unificación de mercados, centralización de la administración, etc. Nace así, durante la segunda mitad del XIX, ese nuevo neo-imperialismo españolista embozado en Estado-nación y con las características propias de un imperialismo capitalista. Por eso no hubo “revolución burguesa”. Además de por otras circunstancias, porque no les fue necesaria. El acuerdo de compartición del poder con la aristocracia les dio no sólo el acceso al mismo, sino que conllevó su preeminencia socio-económica estatal. Fue por tanto con la reconversión de los restos de un imperio del antiguo régimen en imperialismo capitalista y su pervivencia bajo las formas de un fabulado Estado-nación, con lo que nace la actual conceptuación de España y sobre las que se asientan las bases del nacionalismo español, tanto político como socio-cultural. Las peculiaridades de los estados españoles y del propio españolismo se originan en este hecho esencial. La idea de España y de lo español son creaciones recientes del siglo XIX, frutos del proceso de adecuación de los restos del Imperio a esas necesidades expansionistas y hegemónicas socio-económicas del Capital. El reciclado de un imperialismo aristocrático como imperialismo burgués.

De España y sus estados como imperialismo capitalista

España, tanto su concepción teórica como su concretización en entidad política única estatal, surge, por tanto, de esa utilización y adaptación de los restos de los dominios imperiales del antiguo régimen, por parte de la burguesía, apropiados y adaptados por el capitalismo como base de una estructura estatal zonal, afín a sus intereses. La “nación española” es la elaboración artificial y forzada de una nacionalidad única que amparase y justificase la existencia del esa entidad estatal. De aquí se deduce que no sólo el concepto mismo de España sino de la necesidad de la unidad estatal es una creación del Capital. No es que ésta España y éste Estado Español sean capitalistas, es que España y los estados españoles son, en sí, creaciones capitalistas. Además, y dado que proceden de la continuidad de los restos del imperio colonial, toda España o Estado Español no es más una mera pervivencia de éste, reconvertido en imperialismo capitalista. Consecuentemente, la idea de España como nación o estructura estatal, es una creación burguesa cuya razón de ser es defender y legitimar un imperialismo capitalista. Toda España y todo Estado Español son imperialistas y capitalistas como consecuencia de su propia naturaleza, no por causa de un régimen específico. España y los estados españoles oprimen y explotan porque con ese fin se idean y mantienen.

Todo ello conlleva, además de que España y Estado Español sean dos sinónimos de imperialismo y capitalismo, también el que España no sea una realidad preexistente que en manos de la burguesía es convertida en típico Estado-nación, sino que España sea una realidad inventada a posteriori por un Estado. La fábula elaborada por una superestructura burguesa para justificarla y legitimar el mantener bajo el control del imperialismo capitalista a los pueblos y naciones, anteriormente sometidas a un típico Imperio del antiguo régimen, atendiendo a sus necesidades de amplitud de mercados, monopolios sobre materias primas, acceso a cantidades suficientes éstas, así como de mano de obra para transformarlas en mercancía y plusvalía. España y Estado Español son dos denominaciones de una misma concretización geográfica del imperialismo capitalista. Consecuentemente, toda idea de España; ya sea política, histórica, cultural o idiomática, cualquier defensa de una unidad y “destino común”, sólo son distintos artificios creados y potenciados por el Capital, a través de sus estados españoles, como mitología amparadora de la negación y opresión de los pueblos, la ocupación de sus naciones, el expolio de sus riquezas y la explotación de sus clases trabajadoras. 

Igualmente habrá que tener en cuenta que, dado que toda estructura estatal española no se asienta sobre la base de una nacionalidad preexistente, sino que la “nación” es una envoltura de la misma, creada con posterioridad y a su  servicio, esa realidad conlleva el que la “nación” sea el propio Estado. Esta es la razón de que la unidad administrativa y de fronteras sea lo que realmente define y distingue todo españolismo.  Todo nacionalismo español es, ante todo y sobre todo, mero estatalismo. La existencia del Estado, la preservación de una estructura administrativa única y de sus límites  fronterizos es lo realmente importante e indiscutible. Por eso a los sectores más inteligentes del nacionalismo español les es indiferente reconocer nacionalidades, descentralizaciones autonómicas o apostar por “estados federales”. Incluso explica el que no les resulte tampoco trascendente la forma de Estado que se adopte, sea ésta monárquica o republicana. Lo que es primordial, incuestionable e innegociable para ellos es el mantenimiento de la estructura única y la salvaguarda de sus fronteras. 

En el caso español, por tanto, no nos encontramos ante un caso asimilable al de otros pueblos y territorios que han evolucionado hacia la constitución de estados nacionales tras el acceso al poder y la hegemonía de sus respectivas burguesías, sino ante la transformación de los restos pervivientes de un Imperio colonial del antiguo régimen  en imperialismo regional capitalista. Sus estados españoles, se han conformado sobre la base del continuismo de la opresión de naciones y pueblos conquistados por aquel Imperio anterior, y obligados a permanecer ocupados, subordinados y dependientes, con unas identidades negadas y perseguidas, como medio de asegurar una “unidad” favorecedora de los intereses del Capital. Esa es su “patria” y la razón de su “unidad”.

En este sentido, el Estado Español se asemeja a otros como el británico, otro antiguo imperio colonial que abarcaba grandes extensiones, a lo largo de varios continentes, y que ha quedado reducido a una estructura estatal imperialista zonal, el “Reino Unido”. Al igual que las élites dominantes inglesas crearon un Imperio Británico, cuyos restos perviven hoy como la “Gran Bretaña”, las castellano-aragonesas crearon el español, cuyos restos perviven hoy como Estado Español. Lo británico, como lo español, sólo son el fruto de entramados socio-culturales, económicos y administrativos, herederos y continuadores de sus respectivos imperios, siempre al exclusivo servicio y beneficio de capitalismos regionales. Lo británico y lo español son intrínsecamente capitalistas.

De los pueblos y las naciones bajo yugo español

Dada la inexistencia de España y de que en la actualidad con tal denominación sólo cabe designar al resultado de una adaptación de un antiguo imperio colonialista del antiguo régimen como superestructura imperialista burguesa al servicio del Capital, y siendo los estados españoles no el resultado de la constitución de un Estado-nación sino del camuflaje administrativo de dicho imperialismo capitalista mediante apariencia y formalismos de estado-nación, no sólo cabe deducir el carácter exclusivamente reaccionario y opresor de cualquier idea de España y de Estado Español, sino, por contraposición, la catalogación como progresistas y transformadoras de la defensa de la existencia de los pueblos y las naciones bajo su yugo, de sus derechos y libertades.

No hay la más mínima posibilidad de compatibilidad ni coexistencia entre por un lado la idea de cualquier tipología de España o la de pueblo español, y la defensa de estos pueblos y sus respectivas naciones. Afirmar o aceptar la realidad de España y/o la de un pueblo español, supone negar la de los diversos pueblos y la de sus respectivas naciones. Y viceversa. Por ejemplo, si hay pueblo español no puede haber pueblo andaluz. Si hay nación española no puede haber nación andaluza. No existen pueblos de pueblos ni naciones de naciones, por la misma razón que no hay individuos formados, a su vez, por otros individuos. Las personalidades múltiples no son hechos naturales a defender sino artificialidades a combatir. En el caso de un individuo con diversas personalidades estaríamos ante una enfermedad, una esquizofrenia o un síndrome de bipolaridad, si es un pueblo ante la negación de sus derechos y el ataque a su identidad. En ambos casos frente a negatividades a erradicar, no a mantener.
El reconocimiento de los pueblos no sólo lleva implícito, por tanto, la negación de un pueblo español, y con ello de España como realidad nacional, sino la caracterización de toda España y cualquier estructura estatal española como realidades imperialistas impuestas y opresivas. Como consecuencia, y continuando con el ejemplo británico, tan irracional será defender una nación británica como otra española, tan imperialista propugnar un Estado único británico como uno español. Todo lo español, de igual manera que todo lo británico, es mera apoyatura ideológica, política y administrativa de un imperialismo regional. Postulados, por tanto, pro-imperialistas y pro-capitalistas. Por contraposición, todo reconocimiento de los pueblos bajo yugo británico o español, así como la defensa de sus respectivos derechos nacionales y libertades colectivas, soberanías, serán actitudes anti-imperialistas y anti-capitalistas. Y por esas mismas razones, mientras que cualquier propuesta de meta estatalista británica o española es en sí contrarrevolucionaria, toda oposición contra dichos estatlismos y en pro de la liberación de los pueblos trabajadores bajo yugo estatal británico o español, toda lucha soberanista, es en sí revolucionaria, porque mientras que unas conllevan perpetuación del instrumento administrativo en que se apoya la explotación, las otras suponen su destrucción. Las luchas de liberación nacional han sido siempre la lógica respuesta de los pueblos a la invasión, ocupación y colonización de su nación, y han constituido una herramienta esencial en el combate antiimperialista y anticapitalista para todas las fuerzas revolucionarias de los pueblos inmersos en dichas circunstancias.

De los derechos de los pueblos y el carácter de sus naciones

Al igual que al hombre le pertenece el derecho inalienable a la posesión y ejercicio de su libertad, los pueblos, como conjuntos humanos, los poseen igualmente. Existe, por tanto, un equivalente colectivo a las libertades individuales. Esas libertades colectivas, esos derechos de los pueblos, se denominan soberanía. La soberanía popular. Por su parte, los derechos nacionales no son más que una consecuencia, prolongación y derivación de esas libertades colectivas de los pueblos, ya que las naciones sólo son la suma de esos pueblos, más sus territorios, particularidades y circunstancias.

El reconocimiento de la existencia de un pueblo conlleva por tanto implícito el del territorio que ocupa ancestralmente como su nación. Porque una nación no es más que eso: un pueblo, sus singularidades históricas, étnico-culturales, sociológicas, etc., más el territorio que habita y sus peculiaridades geográficas, ecológicas, etc., además de las consecuentes circunstancias socio-económicas que de ese conjunto, suma de población, territorialidad y particularidades, se derivan. La nación, por tanto, no es el Estado ni su origen se encuentra en los estados-nación decimonónicos, no habiendo tampoco una relación causa efecto entre éstas y las revoluciones burguesas. Las naciones no constituyen un invento burgués para alcanzar y asegurar el logro de sus intereses de clase.  La herramienta ideada por el capitalismo para defender y asentar socialmente la primacía de sus intereses políticos, sociales y económicos es el Estado. La nación es un hecho natural y preexistente, instrumentalizándolo por la burguesía, mediante su tergiversación y manipulación, para justificar y posibilitar la creación de los estados, bajo la forma de los Estado-nación. Es el Estado, y su derivación como estados-nación, no las naciones en sí, el instrumento que instituye el Capital y del que se sirve para obtener y asegurar su poder mediante el imprescindible control social. 

Esa correcta diferenciación entre por un lado los pueblos y las naciones, y por otro los estados y estados-nación, es la razón de que, a lo largo de la historia contemporánea, los pensadores revolucionarios hayan llamado a defender los unos y destruir  los otros. Si analizamos sus escritos en su integralidad, sin descontextualizar, comprobaremos que siempre han negado y atacado a las naciones en tanto que estados y estados-nación. Más aún, allí donde ha habido un pueblo oprimido o una nación ocupada, los revolucionarios de esas tierras siempre han constituido y encabezado movimientos de liberación nacional y popular de las mismas. En éstas circunstancias, la lucha por los derechos nacionales han formado parte del proceso trasformador social global.

La visión diferenciadora entre estados y naciones, así como la  actitud favorable hacia los pueblos oprimidos y las naciones  ocupadas, quedó magníficamente sintetizada en aquel conocido texto de M. Bakunin, donde declaraba: “El Estado no es la patria, es la abstracción, la ficción metafísica, mística, política, jurídica de la patria. Las masas populares de todos los países aman profundamente a su patria, pero es éste un amar real, natural. No se trata de una idea, se trata de un hecho. Por eso me siento franca y constantemente el patriota de todas la patrias oprimidas”. También V.I. Lenin fue explicito señalando la inexistencia de contradicción entre lucha de liberación nacional y lucha de clases para los trabajadores de esas “patrias oprimidas”, así como entre la independencia nacional y el internacionalismo proletario.  En su enfrentamiento con Rosa Luxemburgo, por la oposición de ésta al hecho nacional, afirmó: “En su afán de practicismo, Rosa Luxemburgo ha perdido de vista la tarea práctica principal, tanto del proletariado ruso como del proletariado de toda otra nacionalidad: la tarea de la agitación y propaganda cotidianas contra toda clase de privilegios nacional-estatales, por el derecho, derecho igual de todas las naciones, a su estado nacional, porque solo así defendemos los intereses de la democracia y la unión basada en la igualdad de derechos de todos los proletarios y de todas las naciones”.

Del estatalismo español como nacionalismo burgués

Hemos analizado como tanto la idea de España como la de pueblo español no son más que artificios creados y potenciados por los estados españoles para amparar y justificar su propia existencia. Así mismo como dichos estados no son más que la adaptación de las estructuras de los restos del antiguo imperio colonial español a las necesidades de la burguesía, a una nueva tipología de dominio y esquilmación imperialista de los pueblos, la del capitalismo. Consecuentemente, concluíamos que el nacionalismo español era ante todo estatalismo español, ya que cualquier idea de España o de lo español, no son más que otras tantas envolturas justificativas de la defensa de los límites fronterizos de un latifundio peninsular. Por tanto, cualquier estatalismo español, fuera aparte sus intenciones, sólo es españolismo, ya que todo nacionalismo español es defensa de una estatalidad, y apoyatura de un imperialismo regional capitalista. En definitiva un típico caso de nacionalismo estatal burgués.
Lógicamente y por contraposición, todo aquellos proyectos que  pretendan acabar con dicha superestructura, que partiendo de un correcto análisis de la realidad, rechacen cualquier fórmula estatalista española, que partan del reconocimiento de las distintas naciones subyugadas y tengan como meta la liberación global de los diversos pueblos trabajadores oprimidos, son intrínsecamente revolucionarias, ya que atentan contra la raíz misma de la fórmula política que encubre la explotación de la clase trabajadora en dichos territorios y destruye las bases administrativas de sustentación de la misma.

No obstante, hay múltiples colectivos teóricamente englobables dentro de la izquierda transformadora y anticapitalista que, desde la asunción como real o “útil” del concepto de España o de Estado Español, se constituyen, de facto  y de forma  inconsciente, en  instrumentos ciegos del Sistema. En elementos contrarrevolucionarios que contribuyen a propagar el confusionismo en los pueblos y la alienación entre la clases populares. Aunque adquieran diversidad de aspectos, los estatalismos españolistas “de izquierda” se semejan en defensores de una versión actualizada de esa “unidad de destino en lo universal” propugnada por el fascismo. En difusores de un “hispanismo” progre, de un españolismo tan reaccionario como el franquista. No es casual, ya que permanecen condicionados por el trabajo de aculturización y desarraigo de la Dictadura. 

Si analizamos la situación en los años treinta, comprenderemos que el 18 de Julio no fue un simple Golpe de Estado al uso, incluible en la tradición de los pronunciamientos militares decimonónicos peninsulares, sino la respuesta a una situación límite para el Sistema. Así mismo, que la Dictadura fue un tratamiento de choque, un premeditado proyecto de “solución final” ideado para “normalizar” la situación. Las circunstancias sociales de aquella época eran excepcionales e incomparables a la de su entorno. El amplio y generalizado grado de concienciación de la clase obrera, la existencia de un sindicalismo mayoritariamente revolucionario, el imparable despertar de sentimientos identitarios en los pueblos y, además, el nacimiento de teorizaciones y movimientos revolucionarios que aunaban aspiraciones nacionales y sociales en un mismo conjunto nítidamente transformador, libertador y anticapitalista, conllevaba para el Sistema un serio peligro contra sus intereses peninsulares. Se requería una solución extrema: exterminar a toda aquella generación, a la que consideraba irrecuperable, y educar otra moldeada según sus necesidades. Esa fue la verdadera razón de la prolongación del conflicto, de que a éste le siguiese una primera etapa dictatorial de extrema represión y después otra “desarrollista”. La una logró acabar física o psicológicamente con los padres y la otra amamantó ideológicamente a sus hijos. Fue un gran éxito, y el resultado ha sido este “maduro pueblo español” cuya domesticación hizo posible la “transición”, y su actual adormecimiento y desmovilización, así como una izquierda político-social, mayoritariamente estatalista y reformista, mera apoyatura del Sistema. 

Pero, como decíamos, el condicionamiento franquista también ha afectado a aquellos que, teóricamente, son enemigos del capitalismo, convirtiéndolos en apuntaladores de un Sistema al que supuestamente se enfrentan, dado que la defensa del estatalismo español mantiene el status quo territorial y administrativo sobre el que se sustenta. Con independencia de que dicho estatalismo se adjetive de “republicano”, “federal”, “confederal” o “socialista”, lo cierto es que mantiene incólume el Imperio español.

De un futuro que no será de la República, sino de las repúblicas
A comienzos del pasado siglo, hubo otros imperios que, como el español, también se asentaban sobre un artificial nacional-estatalismo, político y cultural, ideado por las élites dominantes para justificar la conquista y negación de las naciones ocupadas, así como la esquilmación y explotación de los pueblos trabajadores. Uno de ellos era el Imperio Ruso. Aquel otro tan siquiera se camuflaba mediante la creación de una nomenclatura nueva, adjetivándose al Imperio con el nombre de la nación de donde había partido el expansionismo aristocrático que lo había fundado. Algo así como si aquí, en lugar de hablar de un Imperio Español o de un Estado Español, se hiciese de un Imperio Castellano o de un Estado Castellano. En aquel otro imperio, como en éste, se simultaneaban e interrelacionaban luchas de clase y de liberación nacional. 

La revolución soviética fue la consecuencia y la respuesta dada, tanto a la lucha de los pueblos por su soberanía como a la de los trabajadores por su emancipación.  Si aquellos revolucionarios hubiesen poseído unas estrategias semejantes a las de las izquierdas estatalistas españolistas, los bolcheviques tendrían que haber propugnado, como alternativa, la constitución de una República Rusa, federal o confederal, y por supuesto socialista, que admitiese el derecho de autodeterminación de los pueblos. Pero, en cambio, lo que Lenin y sus correligionarios idearon y levantaron fue otra cosa. En lógica coherencia con aquella proclamación que hizo del “derecho igual de todas las naciones, a su estado nacional, porque solo así defendemos los intereses de la democracia y la unión basada en la igualdad de derechos de todos los proletarios y de todas las naciones”, lo que fundaron no fue una república sino múltiples repúblicas. Unas repúblicas soberanas que, posteriormente, se unieron libremente conformado la URSS, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Una unión cuyos límites no eran geográficos, y mucho menos miméticos con respecto al antiguo Imperio y su Estado, sino ideológicos, sin correspondía con fronteras rusas ni aspiración a su conservación. Sus lindes eran internacionalistas. Abarcaban a todas aquellas naciones y pueblos que lo quisiesen y estuviesen regidos sobre bases políticas anticapitalistas (socialista) y conforme a una gestión horizontal consejista (soviética). Esas eran las “fronteras”. Una unidad que, además, no conllevaba “superación” o anulación de las soberanías de los pueblos, sino su mantenimiento. La prueba es que la constitución soviética recogía el derecho a la secesión, derecho impracticable sin la pervivencia de la plena soberanía nacional de cada una de las repúblicas soviéticas y de sus pueblos trabajadores. 

Como ocurre con otras muchas aportaciones realizadas al marxismo, las alternativas leninistas de defensa del “derecho igual de todas las naciones a su estado nacional” y de “la unión basada en la igualdad de derechos de todos los proletarios y de todas las naciones”, siguen siendo universal y atemporalmente válidas. Ser marxista-leninista, aquí y ahora, en esta Andalucía, es abanderar la lucha por la descolonización e independencia de esta tierra. Por romper las cadenas del Pueblo Trabajador Andaluz siendo vanguardia en el combate por la recuperación de su libertad colectiva, de su soberanía. Y dentro del ámbito de este estado impuesto, supone apoyar  al resto de las luchas de liberación nacional de los pueblos oprimidos por el yugo imperialista español. Hacerle frente u oponerse a cualquier España y batallar por la constitución de las repúblicas de trabajadores de cada uno de ellos, apostando, con posterioridad, por una unión libre entre las repúblicas constituidas, según sus características, afinidades y circunstancias. Ese es el proyecto revolucionario, transformador y de clase acertado, tanto a nivel andaluz como dentro del marco peninsular o el internacional. Esa es la praxis revolucionaria que exige la realidad político-social, y ese es el significado de la aplicación del internacionalismo proletario a la misma. Además, ese es también el posible lugar de encuentro entre las izquierdas nacionales y las supranacionales, así como el nexo de confluencia factible entre los intereses de cada uno de los pueblos. 

El futuro deseable y previsible, no debería ser, ni con toda seguridad será, el de una III República Española, sea cuales fuesen sus características, por ser una propuesta continuista que ya nace muerta, presa de sus propias e irresolubles contradicciones, sino el de las respectivas primeras repúblicas nacionales de cada uno de los pueblos hoy negados y oprimidos por el españolismo. Las unidades entre los pueblos no puede ser la forzada consecuencia de un matrimonio concertado y de por vida, sino el resultado de un libre pacto aceptado entre iguales y asentado sobre la posibilidad real y la plena capacidad de elección. Una posibilidad y una capacidad que, para serlo, deben preexistir a la oportunidad de su utilización. Consecuentemente, estas uniones no pueden preceder temporalmente a la propia existencia independiente de los elementos llamados a unirse. No puede haber unidad de repúblicas sin la previa y soberana existencia de estas. No se puede partir de la unidad obligada y después la posible concesión de la posibilidad de la separación, del reconocimiento del derecho a la autodeterminación, sino de una previa posesión de la soberanía y la consiguiente constitución de las repúblicas de cada pueblo, que hagan factible el que cada uno, en el ejercicio de su libertad, pueda tomar la decisión con respecto a libres uniones entre ellas, como fórmula internacionalista de apoyo mutuo e interrelación socialista.

Una “unidad” de pueblos que no es escogida, sino impuesta, y que se construye sobre la negación o la eliminación de sus libertades, de sus respectivas soberanías, no es ni democrática ni progresista, sino dictatorial y reaccionaria. Los estados fundados sobre estos principios son estructuras exclusivamente imperialistas y totalitarias. Y allí donde hay imperialismo y totalitarismo no hay ni podrá haber nunca socialismo, solo hay y solo puede haber fascismo, sea cual sea su auto-calificación, su auto-justificación o las banderas en las que se envuelvan o tras las que se amparen para esclavizar y oprimir. Los revolucionarios lo son, no por que apoyen o contribuyan al establecimiento y/o mantenimiento de estos tipos de estructuras, sino por combatirlas. Ser revolucionario en Andalucía es levantarse por su libertad y contra lo que se la ha arrebatado: España.


Francisco Campos López

domingo, 16 de octubre de 2011

León Trotsky, el primer stalinista



Decíamos en la presentación de este blog: "Éste no será un blog de actualización diaria. Nuestra prioridad está en la organización y la lucha cotidiana junto con los sectores más conscientes y combativos de la clase obrera andaluza". Prioridades militantes nos han impedido continuar en la construcción de esta herramienta marxista-leninista con la frecuencia deseada. Una vez hemos atendido lo prioritario continuamos con esta tarea no menos importante.

En los primeros meses del pasado 2010 se produjo un debate en el medio de contrainformación Kaos en la Red ( www.kaosenlared.net ) abierto por el militante de la izquierda estatalista Manuel M. Navarrete acerca de la esencia y coherencia del trostkysmo con la vida y obra del propio Trotsky. En dicha discusión Navarrete esgrimía, basándose en la conocida obra de Edward H. Carr, algunas líneas de estudio en torno a la figura de León Trotsky que lo dejaban, en cierta manera, fuera del propio trotskysmo como corpus marxista conformado en buena parte con posterioridad al propio Trotsky.

Rescatamos para nuestros lectores el texto más interesante de la disputa dialéctica sostenida entonces, titulado "León Trotsky, el primer estalinista". Una discusión que no sólo afecta al trotskysmo, sino por ende a aquellas corrientes de la izquierda estatalista que se alimentan de un antitrotskysmo pretendidamente militante como forma de ocultar sus carencias, eclecticismos y contradicciones propias.

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 León Trotsky, el primer estalinista